113 años de banquina: cómo el puerto hizo a Mar del Plata
El 57 por ciento del PBI de la ciudad costera viene de la pesca. No del turismo, no de los alfajores, no de la temporada teatral. De la pesca. Y todo eso sale de un puerto que durante treinta años ni siquiera pertenecía oficialmente a La Feliz. Seguí leyendo y conocé su historia.
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¿Sabías que el 57% del PBI de Mar del Plata viene de la pesca? No del turismo, no de los alfajores, no de la temporada teatral. De la pesca. Y todo eso sale de un puerto que durante treinta años ni siquiera pertenecía oficialmente a la ciudad. Los que buscan micros a Mar del Plata por lo general llegan pensando en la playa, pero el puerto es otro viaje que también vale la pena.
El 24 de febrero de 1913, una empresa francesa colocó la piedra fundamental de lo que hoy es el puerto de Mar del Plata. Ese día, se inauguraron las primeras obras en la Escollera Norte y se construyó un muelle de mampostería de 70 metros en la dársena de pescadores.
La inauguración oficial recién llegó en 1924, pero el barrio ya tenía vida propia mucho antes de eso. Napolitanos, sicilianos, calabreses que habían cruzado el Atlántico y se acomodaron ahí, cerca del trabajo, cerca del mar.
Le decían el Pueblo de Pescadores, y durante más de treinta años funcionó como una república aparte. Mar del Plata terminaba en la Avenida Juan B. Justo y del otro lado empezaba otro mundo. Los que querían llegar a la banquina tomaban el colectivo Belgrano, que tenía su última parada en el puerto.
De ahí salieron los fundadores de Aldosivi, el club que nació entre obreros de la empresa constructora francesa. Adoptó los colores verde y amarillo cuando el dueño de la Tienda Victoria donó telas para las nuevas camisetas.
De ahí también salió la Fiesta de los Pescadores, declarada de Interés Nacional. Empezó casi de casualidad en 1928 cuando el Padre Dutto, un sacerdote orionita, escribió una carta proponiendo elegir un santo patrono y festejarlo una vez al año.
La procesión salía por las calles del barrio, seguía mar adentro en lanchas y terminaba con una bendición del agua y un responso por los que no habían vuelto. Las dos fiestas patronales grandes eran la de San Giorgio y la de Santa María della Scala, cada una ligada al pueblo de origen de las familias que la celebraban. En la Escollera Sur, el Cristo de 14 metros que hizo el escultor Emilio Manescau en 1980 resume esa fe en una sola imagen.
Lo que empezó como un enclave pesquero terminó sosteniendo la economía de toda la ciudad, y los números actuales lo confirman sin mucho margen de discusión. En 2025, el puerto descargó 368 mil toneladas de pescado, el volumen más alto en una década, y concentró el 48,39% de las descargas pesqueras del país entero. A nivel bonaerense, la cifra sube al 92,76%. El arranque de 2026 fue todavía más fuerte: solo en enero se descargaron 3969 toneladas de calamar, un salto del 415% contra el mismo mes del año anterior, y para fines de febrero el acumulado ya pasaba las 20 mil toneladas. Cada barco que toca muelle activa estibadores, prácticos, remolcadores, camiones, plantas de procesamiento. En el espigón 3 se labura desde el alba y no se para ni en feriados.
Pero lo que más marca del barrio Puerto no se mide en toneladas. Bastiano y doña Carmela sostenían a familias enteras con una libreta de fiado, que se cerraba recién cuando entraba la anchoíta o el magrú. Las conserveras del barrio funcionaron durante décadas y hoy se estudian en la Universidad Nacional de Mar del Plata como parte del patrimonio industrial de la ciudad.
Además desde 1990, el Museo del Hombre del Puerto Cleto Ciocchini, instalado en el Local 8 del Centro Comercial del Puerto, recopila todas esas historias. Lleva el nombre de un pintor que vivió más de cuarenta años en el barrio y que dejó en sus óleos a los pescadores, las lanchas y las banquinas como nadie los había retratado antes.
Los turistas llegan a la Banquina atraídos por los lobos marinos, declarados Monumento Histórico, y se quedan por las rabas del mediodía. Pero debajo de eso hay 113 años de madrugadas heladas, sal en la ropa y familias que se jugaron todo en un pedazo de costa que la propia ciudad tardó décadas en reconocer.

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