Cambian los cubiertos, pero el menú sigue siendo el mismo
Opinión, por Mauro Yasprizza.
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Por Mauro Yasprizza.
El peronismo santafesino vuelve a pronunciar una palabra que conoce de memoria en campaña: renovación.
La pronuncia, la imprime, la sube a las redes y la acomoda en cada discurso. El problema aparece cuando uno corre el decorado y mira quiénes siguen sentados alrededor de la mesa.
Ahí reaparecen dirigentes que llevan años —algunos décadas— entrando y saliendo de bancas, ministerios, secretarías, listas electorales y armados partidarios.
Puede cambiar el mantel. Pueden mover las sillas. Pueden ponerle otro nombre al frente electoral.
Pero demasiadas veces el menú sigue siendo el mismo.
Y Rosario tiene memoria.
El archivo que incomoda
Omar Perotti gobernó Santa Fe entre diciembre de 2019 y diciembre de 2023. Durante ese período, la violencia alcanzó niveles extraordinariamente altos.
En 2022 hubo 406 muertes violentas en toda la provincia y en 2023 fueron 398. Ese mismo 2022, el departamento Rosario registró una tasa de 22,24 muertes violentas cada 100.000 habitantes, frente a una tasa nacional de 4,2. Los datos pertenecen al Ministerio Público de la Acusación.
No es interpretación.
No es un editorial.
No es una operación mediática.
Es archivo.
Por eso cuesta escuchar hoy ciertas explicaciones como si aquellos años hubieran ocurrido en otro planeta.
La oposición tiene todo el derecho —y también la obligación— de cuestionar al gobierno provincial actual. Debe hacerlo. La democracia necesita controles.
Pero controlar el presente no borra las responsabilidades del pasado.
Y ahí empieza el problema.
Renovación con nombres conocidos
Agustín Rossi es uno de los dirigentes más reconocibles del kirchnerismo santafesino. Fue jefe del bloque oficialista durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, ministro de Defensa en dos oportunidades, interventor de la AFI y jefe de Gabinete de Alberto Fernández durante 2023. Desde diciembre de 2025 volvió a ocupar una banca en la Cámara de Diputados.
Diego Giuliano también tiene un largo recorrido político. Fue concejal de Rosario, pasó por distintos cargos nacionales vinculados al transporte y terminó como ministro de Transporte del gobierno de Alberto Fernández desde diciembre de 2022.
Alejandra Rodenas fue vicegobernadora durante los cuatro años de la administración Perotti.
Y cuando llegó la elección de convencionales constituyentes de 2025, el armado Más para Santa Fe volvió a juntar nombres de distintas generaciones y procedencias políticas: Juan Monteverde encabezó la lista, seguido por Rodenas, Giuliano, Lucila De Ponti y Pablo Corsalini. Caren Tepp figuró también entre sus integrantes.
Más tarde, Rodenas, Giuliano, De Ponti, Corsalini, Armando Traferri y Rubén Pirola, entre otros, terminaron integrando la Convención Reformadora por ese espacio.
Nada de eso es ilegítimo.
Tener experiencia tampoco debería ser considerado un pecado.
El problema es otro: no se puede presentar como ruptura aquello que tiene demasiados puentes con lo anterior.
Porque renovación no significa cambiar la foto.
Significa revisar el pasado.
Reconocer errores.
Explicar decisiones.
Y, sobre todo, asumir responsabilidades.
La palabra que nunca aparece
Existe una palabra bastante menos atractiva para una campaña electoral: autocrítica.
No alcanza con explicar que ahora todo está mal.
Hay que contar también qué se hizo cuando se tuvo el poder.
No alcanza con denunciar cada hecho de inseguridad actual.
Hay que recordar qué pasó cuando Rosario atravesaba años particularmente sangrientos.
No alcanza con señalar las dificultades económicas presentes.
También hay que hacerse cargo de los gobiernos de los que se formó parte.
La política suele tener una memoria extraordinaria para recordar los errores ajenos y una sorprendente amnesia para reconocer los propios.
Y una parte del peronismo santafesino parece sufrir especialmente esa enfermedad.
Rosario no empezó ayer
Durante años, Rosario fue escenario de balaceras, asesinatos, disputas territoriales y organizaciones criminales que crecieron alrededor de economías ilegales.
El propio MPA sostiene que entre 2014 y 2023 hubo un escalamiento de las muertes violentas, los heridos por armas de fuego y los ataques a viviendas, con una fuerte concentración de esa violencia en Rosario y La Capital. También señala que en 2022 y 2023 entre el 50% y el 60% de las muertes estuvieron vinculadas con grupos criminales y economías ilegales.
Por eso resulta demasiado cómodo comportarse hoy como si los problemas de seguridad hubieran nacido después del último cambio de gobierno.
No nacieron ayer.
Rosario sabe perfectamente cuándo empezaron.
Sabe cuánto duraron.
Y también recuerda quién gobernaba.
Se podrá discutir cuánto mérito corresponde atribuirle a una gestión y cuánto depende de factores judiciales, federales, policiales o sociales.
Lo que no puede discutirse seriamente es el calendario.
Tampoco la Argentina nació en 2023
La misma gimnasia de memoria debería aplicarse a la política nacional.
El gobierno del Frente de Todos terminó 2023 con una inflación anual de 211,4%. Sólo durante diciembre, el Índice de Precios al Consumidor aumentó 25,5%. Los alimentos y bebidas no alcohólicas acumularon una suba interanual de 251,3%. Son cifras oficiales del Indec.
Dentro de aquella administración hubo dirigentes santafesinos con responsabilidades importantes.
Rossi fue jefe de Gabinete.
Giuliano fue ministro de Transporte.
No miraban el partido desde la popular.
Estaban dentro de la cancha.
Por eso cualquier reconstrucción política que pretenda presentarlos solamente como observadores de aquella experiencia parte de una conveniente mutilación del archivo.
Se puede discutir al gobierno actual.
Se puede discutir a Maximiliano Pullaro.
Se puede discutir a Javier Milei.
Se puede discutir cada decisión de cualquier administración democrática.
Pero existe una condición mínima de honestidad intelectual: quien exige explicaciones tiene que estar dispuesto también a ofrecerlas.
El progresismo y su espejo
También merece una discusión el progresismo rosarino que pretende mostrarse permanentemente como una criatura ajena a la política tradicional.
Juan Monteverde representa una generación y una trayectoria distintas a las de Rossi, Rodenas o buena parte del PJ provincial. Eso es un hecho.
Pero encabezar un frente electoral acompañado por dirigentes que fueron vicegobernadores, ministros nacionales, legisladores y protagonistas de anteriores administraciones obliga, al menos, a revisar cuidadosamente cuánto hay de novedad política y cuánto de construcción electoral.
No hay ninguna contradicción automática en formar alianzas.
La política democrática consiste también en construir acuerdos.
Pero entonces hay que llamarlos por su nombre.
Una alianza es una alianza.
No una revolución.
Y cuando el discurso promete terminar con “lo viejo” mientras comparte boleta, estructura o espacio político con parte de aquello que pretende superar, la épica necesita algunas explicaciones adicionales.
Los mismos problemas no admiten siempre el mismo relato
El peronismo fue durante décadas una fuerza central de la política argentina y santafesina.
Reducir toda esa historia al kirchnerismo sería intelectualmente pobre.
Perón no es Kirchner.
El justicialismo tampoco nació en 2003.
Y dentro del propio peronismo siempre convivieron corrientes profundamente distintas.
Precisamente por eso sorprende que una parte importante del PJ haya terminado durante tantos años subordinando su identidad a una lógica kirchnerista donde la discusión política demasiadas veces quedó reducida a una frontera elemental: nosotros o ellos.
El problema de esa lógica no es solamente ideológico.
Es práctico.
Cuando todo fracaso pertenece al adversario y cada éxito es propio, desaparece la posibilidad de aprender.
Sin autocrítica no existe renovación.
Existe reciclaje.
La prensa sirve cuando pregunta
También hay otra costumbre incómoda que atraviesa gobiernos de distintos colores: la relación con el periodismo.
Cuando un dirigente está en la oposición, exige preguntas, investigación, libertad y periodistas incómodos.
Cuando llega al poder, demasiadas veces empieza a considerar incómoda cualquier pregunta que no estaba prevista.
Por eso la prensa no debería ser oficialista ni opositora.
Tiene que ser molesta.
Con Perotti.
Con Pullaro.
Con Fernández.
Con Milei.
Con quien tenga la lapicera.
Porque cuando el periodista empieza a preguntarle al poder solamente aquello que el poder quiere contestar, deja de hacer periodismo y empieza a hacer relaciones públicas.
El mono y el árbol
Hay un viejo dicho que la política argentina debería tener pegado en cada despacho:
cuanto más alto trepa el mono, más se le ve el culo.
El poder expone.
Expone virtudes, pero también contradicciones.
Expone convicciones, pero también conveniencias.
Y expone especialmente a quienes, después de ocupar cargos durante años, intentan regresar convertidos de repente en fiscales de una realidad de la que también fueron protagonistas.
La sociedad puede perdonar errores.
Puede aceptar cambios.
Incluso puede darle otra oportunidad a quien gobernó mal.
Pero para eso existe una condición elemental: primero hay que reconocer qué salió mal.
La moraleja
La política tiene derecho a cambiar.
Los dirigentes también.
Un peronista puede revisar al kirchnerismo.
Un progresista puede reconocer errores.
Un dirigente que gobernó puede admitir que fracasó en determinada política y proponer otra.
Eso sería renovación verdadera.
Lo peligroso comienza cuando los mismos nombres, las mismas estructuras y las mismas prácticas regresan disfrazadas detrás de palabras nuevas mientras pretenden que el ciudadano olvide lo ocurrido apenas unos años atrás.
Porque un logo nuevo no modifica un antecedente.
Una candidatura joven no convierte automáticamente en nueva a toda una estructura.
Y un relato, por más florido que sea, jamás sustituye los resultados.
Al final, la política se parece bastante a aquella mesa.
Pueden cambiar el mantel.
Pueden cambiar los cubiertos.
Pueden sentar a alguien nuevo en la cabecera.
Pero si nadie se anima a revisar la receta, terminaremos comiendo otra vez el mismo plato que ya sabemos cómo cayó.

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