Cayó el mito bolivariano: cuando la dictadura se disfraza de revolución y termina en narcoestado
Opinión, por Mauro Yasprizza.
Por Mauro Yasprizza.
La caída del régimen venezolano no es solo el final de un dictador aferrado al poder, sino el derrumbe de una estructura política, criminal y regional que durante años exportó pobreza, violencia y autoritarismo bajo la bandera del socialismo del siglo XXI.
La primera lectura es inevitable y directa: lo que ocurrió en Venezuela es la caída de un régimen que perdió las elecciones y decidió ignorar el veredicto popular. No es una sutileza democrática ni una discusión jurídica: es el final de un poder que se sostuvo haciendo trampa, persiguiendo opositores y usando al Estado como botín.
Ese dato, por sí solo, ya sería suficiente para hablar de una buena noticia. Pero quedarse ahí sería ingenuo. Porque lo que se derrumba no es solo un gobierno autoritario, sino una maquinaria mucho más amplia, oscura y peligrosa.
Durante años, el régimen venezolano funcionó como algo más que una dictadura clásica: operó como un narcoestado, con vínculos probados con el narcotráfico, el lavado de dinero y organizaciones armadas. El llamado Cartel de los Soles no fue una teoría conspirativa: fue la columna vertebral financiera de un poder que encontró en la ilegalidad su principal fuente de ingresos.
Desde allí, el proyecto se expandió. Intervino procesos electorales en distintos países, financió y apoyó a grupos armados como el ELN y sectores de las FARC en Colombia, tejió alianzas con redes internacionales del terrorismo y se convirtió en una referencia logística para organizaciones extremistas. No por ideología romántica, sino por conveniencia geopolítica y criminal.
El entramado no se limitó a América Latina. Hubo vínculos políticos y simbólicos con sectores de la izquierda europea, incluyendo al Partido Socialista Obrero Español y Podemos, que durante años minimizaron —cuando no justificaron— la deriva autoritaria venezolana. El silencio también fue complicidad.
En este esquema, Cuba jugó el rol histórico de cerebro estratégico. Como en los años setenta, la isla volvió a exportar un modelo: control político, represión, inteligencia interna y colonización institucional. El socialismo del siglo XXI no nació espontáneamente; fue diseñado, replicado y protegido.
Las consecuencias están a la vista y no admiten relativismos. Millones de venezolanos forzados a emigrar. Salarios pulverizados. Inflación crónica. Hambre. Pérdida de peso masiva en la población. Violencia cotidiana. Torturas, presos políticos, persecución sistemática. Empresas estatales saqueadas tras el ciclo de expropiaciones iniciado por Hugo Chávez, que destruyó la economía productiva en nombre de una épica revolucionaria que solo benefició a una casta.
Por eso, lo ocurrido no es solo un alivio para Venezuela. Es una señal para toda la región. Porque ese modelo no se quedó dentro de sus fronteras: contaminó América Latina con una combinación letal de autoritarismo, corrupción y violencia. Se presentó como proyecto de justicia social, pero funcionó como franquicia del miedo.
La caída del régimen no borra el daño causado, ni repara automáticamente a las víctimas. Pero rompe un eje. Marca un límite. Y recuerda algo esencial que durante años se quiso relativizar: no todo lo que se autodenomina “popular” es democrático, ni todo lo que grita “revolución” defiende la libertad.
A veces, la historia avanza cuando cae el último disfraz. Y esta vez, el disfraz era rojo, pero el fondo era negro.

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