Central campeón, Herrera incendiado y una final que terminó a las piñas
Opinión, por Mauro Yasprizza.
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Por Mauro Yasprizza.
Rosario Central salió campeón de la Supercopa Internacional. Ganó 3 a 1, tuvo a Ángel Di María vestido de héroe, sobrevivió a un arranque desastroso y terminó levantando una copa en una final que tuvo de todo: goles, lesiones, VAR, un penal discutidísimo, una expulsión perdonada, protestas, insultos, piñas y hasta un partido que prácticamente terminó sin que el árbitro pudiera ponerle un moño.
Fútbol argentino en estado puro. Faltaba que entrara un escribano con una carpeta abajo del brazo y completábamos el álbum.
Central hizo lo que tenía que hacer: jugó el partido, aprovechó sus momentos y tuvo al mejor futbolista de la cancha. Estudiantes, en cambio, pasó de ponerse 1 a 0 antes de que algunos terminaran de acomodarse en la platea a terminar consumido por la bronca.
Alexis Castro marcó a los 53 segundos. Sí, 53 segundos. Central todavía estaba buscando dónde había dejado las llaves del vestuario y ya perdía 1 a 0.
Pero apareció Di María.
Y cuando aparece Di María, generalmente conviene correrse.
El Fideo clavó un tiro libre extraordinario para el 1 a 1. Gol de jugador distinto, de esos que no necesitan VAR, PowerPoint, geometría descriptiva ni una reunión de consorcio. Pelota, palo y adentro.
Hasta ahí, fútbol.
Después comenzó otra cosa.
Sobre el cierre del primer tiempo, Darío Herrera fue llamado por Jorge Baliño desde el VAR para revisar un contacto de Leandro González Pirez sobre Enzo Copetti. Tras mirar la jugada, cobró penal para Central. Distintas crónicas coinciden en que fue la decisión que encendió definitivamente la final; LA NACION sostuvo que la infracción se observaba fuera del área. Di María pateó, convirtió y puso el 2 a 1.
Y ahí el VAR dejó de ser Video Assistant Referee para transformarse, por algunos minutos, en “Veamos A ver qué Resolvemos”.
Estudiantes explotó.
Juan Sebastián Verón aplaudía irónicamente desde afuera. Los jugadores protestaban. El banco hervía. La gente del Pincha arrancó el segundo tiempo cantando contra Claudio Tapia. La final ya tenía más temperatura afuera de la pelota que adentro.
Pero Herrera todavía guardaba otro fósforo.
Elías Verón, de Central, estaba amonestado y cometió una fuerte infracción sobre Adolfo Gaich. Estudiantes pidió la segunda amarilla. Herrera dijo siga, siga. Jorge Almirón entendió perfectamente el mensaje del universo y sacó inmediatamente al futbolista, que había entrado apenas unos minutos antes.
Hay cambios tácticos, cambios por lesión y después está el maravilloso “sacalo antes de que el árbitro se acuerde de que ya tiene amarilla”.
Almirón no necesitó computadora.
Necesitó supervivencia.
Central, mientras tanto, hizo su partido. Cerró espacios, se acomodó mejor, soportó los intentos de Estudiantes y esperó. Eso también hay que decirlo: el Canalla no tiene responsabilidad sobre los fallos arbitrales. Si Herrera cobra, Central juega. Si el VAR llama, Central espera. Y si le dan un penal, Di María no va a patearlo afuera para colaborar con la transparencia institucional del fútbol argentino.
Sería hermoso, pero tampoco somos Suiza.
En el final, con Estudiantes jugado, Julián Fernández liquidó la historia de contra y puso el 3 a 1.
Ahí terminó el fútbol.
Y empezó UFC Santiago del Estero.
Hubo empujones, golpes y corridas entre futbolistas e integrantes de ambos equipos. El escándalo continuó rumbo a los vestuarios. Guido Carrillo pidió que sus compañeros no regresaran al campo y Juan Sebastián Verón terminó dentro de la cancha enfrentando verbalmente a Herrera. Una crónica incluso señaló que el árbitro nunca llegó a hacer sonar el silbato para decretar formalmente el final.
Después, Verón fue directamente a buscar al árbitro. Según publicaciones posteriores al encuentro, lo increpó cara a cara por su actuación.
Nada demasiado extraño.
Un sábado cualquiera en nuestro fútbol.
Y todo esto venía con combustible acumulado.
Central y Estudiantes arrastraban la bronca del famoso “pasillo de espaldas” de 2025, cuando los jugadores del Pincha recibieron de esa manera al Canalla luego de que AFA le otorgara el reconocimiento por haber terminado primero en la tabla anual. En la previa de esta final, referentes de ambos clubes todavía discutían públicamente aquel episodio.
O sea: no había que acercar demasiado el fósforo.
Pero lo acercaron.
Y después le tiraron nafta.
Futbolísticamente, Central tiene argumentos suficientes para disfrutar el título. Dio vuelta un partido que empezó perdiendo casi desde el vestuario, tuvo personalidad, encontró respuestas y contó con un Di María determinante.
Eso no desaparece porque Herrera haya dirigido mal.
Pero tampoco desaparece lo otro.
El arbitraje quedó en el centro de la escena. El VAR, que supuestamente llegó para apagar incendios, terminó discutiendo con el matafuegos en la mano mientras atrás se quemaba la cocina.
Ese es quizás el problema más grande.
Cuando una final termina y se habla casi tanto del árbitro como del campeón, alguien hizo algo mal.
Cuando además hay jugadores a las piñas, dirigentes entrando al campo, acusaciones, protestas y un cierre digno de una puerta de boliche a las cinco de la mañana, el problema ya no es solamente una jugada.
Es el espectáculo completo.
Central levantará la copa.
Di María guardará otra medalla.
Estudiantes seguirá protestando.
Herrera seguramente redactará su informe.
El VAR revisará las imágenes.
Y el fútbol argentino continuará caminando como siempre: con una copa bajo un brazo, un reglamento bajo el otro y un bidón de nafta escondido atrás de la espalda.
Porque en Santiago del Estero hubo un campeón.
Lo difícil fue descubrir en qué momento terminó el partido.

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