:format(webp):quality(40)/https://rosarionuestrocdn.eleco.com.ar/media/2026/01/cosquin_2026.jpg)
Por Mauro Yasprizza.
La Plaza Próspero Molina no es un comité. No es una asamblea. No es una trinchera. Es —o debería ser— un espacio de encuentro popular donde la gente va a escuchar folklore, no a recibir consignas políticas.
Sin embargo, una vez más, Cosquín volvió a caer en una vieja tentación argentina: confundir un escenario con un acto partidario. Artistas, presentadores y discursos con un marcado sesgo kirchnerista —peronista, sin rodeos— transformaron por momentos al festival en algo muy parecido a una básica política, con micrófono, luces y transmisión nacional.
No es una percepción. Pasó. Discursos explícitos, guiños ideológicos, mensajes dirigidos contra figuras del gobierno nacional, consignas repetidas como latiguillo y una lógica clara: hablarle a los convencidos. El problema no es la ideología. El problema es el lugar.
Porque Cosquín no es una peña militante. Es un festival popular. Y popular, en serio, significa mezcla. Gente de todas las edades, de todos los rincones del país, que piensa distinto, que vota distinto y que llega hasta Córdoba con una expectativa simple: escuchar música.
Cuando el artista decide usar ese escenario para bajar línea, no está siendo valiente ni disruptivo. Está siendo cómodo. Está jugando de local. Está convirtiendo el folklore —una música nacida del pueblo— en un instrumento de facción. Y ahí es donde se rompe algo.
El público no paga una entrada para que lo interpelan políticamente. No viaja kilómetros para que lo reten, lo clasifiquen o lo subestimen. El abucheo, cuando aparece, no es censura: es reacción. Es la respuesta natural de quien siente que lo corrieron del lugar al que fue a disfrutar.
Y hay algo todavía más grave: la banalización del legado. La Plaza Próspero Molina no es cualquier escenario. Ahí cantaron los más grandes. Ahí dejaron huella Atahualpa Yupanqui, Horacio Guaraní, Mercedes Sosa, Los Chalchaleros. Artistas con ideas, con carácter, con historia. Pero que entendían algo esencial: el mensaje no se impone, se canta.
Yupanqui no necesitaba gritar consignas. Guaraní no bajaba línea como si estuviera en un acto. Cantaban. Decían. Dejaban pensar. Respetaban al público, incluso cuando el público no pensaba como ellos.
Hoy, en cambio, hay quienes creen que compromiso es levantar el dedo y señalar. Que ser popular es hablarle solo a los propios. Que un micrófono da derecho a usar la plaza como tribuna. Y no: da responsabilidad.
Moraleja: el artista tiene todo el derecho a pensar, opinar y militar. Pero también tiene la obligación de respetar el escenario que pisa y al público que lo escucha. Cosquín no es un espacio para dividir. Es un lugar sagrado del folklore argentino. Y cuando se lo usa para hacer política partidaria, no se engrandece la causa: se achica la música.
Porque el folklore nació para abrazar, no para pasar lista. Y cuando el escenario se convierte en comité, el que pierde no es un gobierno: pierde el festival, pierde la canción y pierde el público.

Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión