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      Cosquín Rock: cuando el escenario se convierte en tribuna y el rock pierde el pulso

      Opinión, por Mauro Yasprizza.

      16 de febrero de 2026 | 17:27
      Cosquín Rock: cuando el escenario se convierte en tribuna y el rock pierde el pulso
      Cosquín Rock: cuando el escenario se convierte en tribuna y el rock pierde el pulso
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      Opinión, por Mauro Yasprizza.

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      El festival más emblemático del país volvió a mezclar guitarras con consignas, discursos partidarios y mensajes ambiguos que confundieron más de lo que emocionaron. ¿Hasta dónde llega la libertad artística y dónde empieza el adoctrinamiento?

      Por años, el Cosquín Rock fue una postal del verano argentino: calor serrano, polvo en el aire, cerveza tibia y miles de jóvenes buscando catarsis colectiva. Nació en 2001 en la plaza Próspero Molina de Cosquín, se mudó luego al Aeródromo de Santa María de Punilla y se convirtió en una marca que factura millones, convoca a más de 100 mil personas por edición y exporta su sello incluso a Uruguay, México y España.

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      Pero en el último tiempo, algo se desdibujó.

      No se trata de negar la historia política del rock. Desde Charly García hasta León Gieco, el género siempre tuvo una fibra contestataria. El problema no es la opinión. El problema es la confusión.

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      En las últimas ediciones, varios artistas —de distintos estilos y generaciones— transformaron el escenario en una extensión de la grieta. No fue una canción con contenido social. Fueron arengas explícitas, bajadas ideológicas, insultos directos a dirigentes y llamados a tomar posición política concreta. En algunos casos, incluso con el público dividido entre aplausos y silbidos.

      ¿Es legítimo? Claro. La libertad de expresión no se discute.
      ¿Es coherente con la función del evento? Ahí empieza la incomodidad.

      El Cosquín Rock es un festival privado, con sponsors multinacionales, entradas que superan ampliamente el salario mínimo diario y una estructura empresarial sólida. No es una asamblea universitaria ni un acto partidario. Sin embargo, en varios tramos del show, la música quedó en segundo plano frente a discursos improvisados que poco tenían que ver con el repertorio.

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      El resultado fue un clima extraño: artistas que pedían “unidad” mientras lanzaban consignas que excluyen a media Argentina. Bandas que hablaban contra el sistema desde un escenario montado por grandes marcas. Cantantes que convocaban a la rebeldía mientras el público pagaba cifras considerables para estar allí.

      La contradicción no es ideológica. Es conceptual.

      El rock incomoda, sí. Pero cuando la incomodidad se vuelve sermón, pierde potencia artística. Cuando el músico abandona la metáfora y abraza la consigna literal, deja de sugerir y empieza a ordenar. Y el arte, cuando ordena, se convierte en propaganda.

      Muchos asistentes fueron por la música. Por cantar clásicos, por compartir un pogo, por recordar adolescencias. No fueron a recibir lineamientos políticos. El aplauso dividido que se escuchó en distintos shows no es casualidad: es síntoma de saturación.

      Además, la reiteración de discursos similares —en tono, contenido y dirección— terminó generando una sensación de guion previsible. El gesto rebelde se volvió fórmula. Y cuando la rebeldía se vuelve rutina, pierde su esencia.

      La pregunta incómoda es otra:
      ¿El festival potencia estas intervenciones porque las comparte, porque las necesita para sostener identidad o porque sabe que la polémica también vende?

      Cosquín Rock supo ser un espacio de diversidad musical. Hoy corre el riesgo de convertirse en una caja de resonancia ideológica monocorde. Y el rock, cuando deja de ser plural, deja de ser rock.

      La música puede —y debe— interpelar. Pero interpelar no es adoctrinar.
      El público no es una audiencia cautiva para bajar línea. Es gente que paga una entrada para escuchar canciones.

      El escenario no es un púlpito.

      Si el Cosquín quiere seguir siendo el festival más importante del país, tendrá que decidir si quiere ser un encuentro cultural amplio o una tribuna emocional de coyuntura. Porque cuando el mensaje tapa a la guitarra, algo se rompe.

      Y el rock, cuando se rompe por exceso de discurso, ya no grita: declama.

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