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Opinión, por Mauro Yasprizza.
En Córdoba, Newell’s perdió 2 a 1 ante Talleres en un partido condicionado desde el planteo: la obstinación táctica de la dupla Orsi–Gómez dejó a un equipo sin identidad y condenado a sufrir.
Hay partidos que se pierden en la cancha y otros que se pierden antes de empezar. El de anoche pertenece, sin rodeos, al segundo grupo. Newell’s Old Boys cayó 2 a 1 ante Talleres en Córdoba tras jugar un encuentro que ya estaba torcido desde el pizarrón, condenado por un planteo que no dialogó con el plantel, con la realidad ni con el sentido común.
La línea de cinco fue una mala idea sostenida con una convicción difícil de explicar. No es un esquema neutro: exige laterales-volantes con pulmón, timing y oficio, y zagueros cómodos defendiendo metros hacia atrás. Newell’s no tiene ni una cosa ni la otra. Y aun así, la dupla, decidió insistir. El resultado fue previsible: un equipo largo, desordenado, siempre llegando tarde y jugando con miedo.
Desde el primer minuto, Newell’s pareció un equipo incómodo consigo mismo. Incapaz de sostener la pelota, sin referencias claras en ataque y con una defensa que nunca encontró alturas ni coberturas. Cada avance de Talleres fue una amenaza y cada retroceso, una invitación al error. No hubo lectura del partido ni correcciones a tiempo. Solo la obstinación de un plan que se caía a pedazos.
El gol del descuento, que decoró el 2 a 1 final, podría engañar a algún distraído, pero fue apenas una anécdota. Una jugada fortuita, aislada, sin continuidad ni respaldo futbolístico. No cambió el desarrollo ni maquilló el fondo del problema: Newell’s nunca estuvo verdaderamente en partido.
El problema no es perder. El problema es perder así. Sin identidad, sin rebeldía y sin una idea que se sostenga en la realidad del plantel. Cuando el esquema se impone por sobre los jugadores, el equipo deja de ser equipo. Y eso fue exactamente lo que pasó en Córdoba: Newell’s fue rehén de un planteo que no lo representa y que lo expuso durante 90 minutos.
La crítica no es caprichosa ni resultadista. Es una advertencia. Porque insistir con lo que no funciona no es convicción: es terquedad. Y en el fútbol, la terquedad casi siempre se paga caro.

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