Cuando la política fracasa, canta el rock y grita la tribuna
Opinión. Por Mauro Yasprizza.
:format(webp):quality(40)/https://rosarionuestrocdn.eleco.com.ar/media/2026/06/indio_solari.jpg)
Por Mauro Yasprizza.
La Argentina puede discutir durante horas sobre inflación, elecciones, dirigentes, árbitros, barrabravas o presidentes. Puede dividirse por cualquier tema. Pero hay algo curioso que sigue ocurriendo mientras la política se desgasta y el fútbol se convierte en un negocio cada vez más millonario: las canciones del Indio Solari continúan sonando en las tribunas.
Y eso no es un detalle menor.
Es, quizás, uno de los fenómenos culturales más potentes de los últimos cuarenta años.
Mientras los dirigentes políticos se esfuerzan por construir relatos que duran una campaña electoral, el rock nacional logró algo que ellos jamás pudieron conseguir: permanecer. Y dentro de ese universo, el Indio Solari ocupa un lugar privilegiado. No porque haya sido un líder político. Tampoco porque haya buscado convertirse en un referente social. Todo lo contrario. Su influencia nació lejos de los despachos, de los estudios de televisión y de los discursos cuidadosamente redactados.
Nació en la calle.
Nació en la tribuna.
Nació en esa Argentina que rara vez aparece en los informes oficiales.
Por eso resulta imposible entender el fenómeno del fútbol argentino sin comprender la dimensión cultural que tuvieron Los Redondos. Sus canciones dejaron hace tiempo de pertenecer al rock para transformarse en parte del lenguaje popular. Hoy pueden escucharse en una cancha de barrio, en el ascenso, en el Monumental, en la Bombonera, en el Gigante de Arroyito o en el Coloso del Parque.
La política observa ese fenómeno con una mezcla de fascinación y envidia.
Porque mientras los partidos políticos pierden militantes, las tribunas siguen encontrando identidad. Mientras los dirigentes buscan desesperadamente conectar con la gente, una estrofa escrita hace décadas sigue emocionando a miles de personas.
Ahí aparece una verdad incómoda.
El rock nacional, especialmente el que representó el universo ricotero, supo interpretar mejor el humor social que gran parte de la dirigencia argentina.
Las letras hablaban de poder, de desencanto, de personajes oscuros, de ganadores y perdedores. Hablaban de un país que muchas veces parecía caminar al borde del abismo. No ofrecían soluciones. No prometían paraísos. Pero describían una realidad que millones reconocían como propia.
Y el fútbol hizo el resto.
Porque las tribunas son el último refugio de una identidad colectiva que la política ya no puede garantizar. Allí conviven trabajadores, comerciantes, jubilados, estudiantes y desocupados. Allí la camiseta todavía vale más que cualquier encuesta.
No es casualidad que las canciones del Indio sigan vivas en ese territorio.
Tampoco es casualidad que muchos dirigentes intenten apropiarse de símbolos culturales que nunca les pertenecieron.
La Argentina atraviesa una época de liderazgos débiles, partidos fragmentados y una sociedad cada vez más desconfiada. Sin embargo, basta caminar unas cuadras alrededor de una cancha para entender que todavía existen espacios donde la pertenencia sigue intacta.
La política promete representar al pueblo.
El fútbol intenta entretenerlo.
El rock, muchas veces, simplemente lo retrata.
Y quizás por eso las canciones del Indio siguen sonando más fuertes que muchos discursos.
Porque las tribunas tienen algo que los gobiernos suelen olvidar: memoria.
Y cuando la memoria canta, la política escucha desde lejos.

Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión