El parque acuático que unió a libertarios y progresistas: la batalla política que explotó sobre la arena de La Florida
Opinión, por Mauro Yasprizza.
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Por Mauro Yasprizza.
La discusión por la Costanera Norte dejó una postal impensada en Rosario: concejales de La Libertad Avanza y Ciudad Futura enfrentando juntos al oficialismo de Pablo Javkin. Entre denuncias por privatización, discursos ambientalistas inesperados y una ciudad que todavía discute qué hacer con su río, el proyecto terminó exponiendo mucho más que una obra pública.
Rosario descubrió algo inesperado frente al río Paraná: un libertario y un dirigente de izquierda pueden terminar sentados en la misma mesa cuando aparece una obra pública capaz de incomodar políticamente al poder.
El parque acuático de la Costanera Norte produjo un fenómeno raro, casi antinatural para la fauna política local. La Libertad Avanza y Ciudad Futura encontraron una coincidencia táctica para enfrentar un proyecto que el oficialismo vendió como modernización, turismo y recuperación urbana.
Pero detrás de esa coincidencia hay discursos completamente distintos.
Los libertarios encontraron un filón perfecto para hacer oposición: cuestionar el gasto, denunciar supuestas irregularidades administrativas y agitar la bandera del “espacio público tomado por la política”. El problema es que muchas veces La Libertad Avanza critica este parque acuático con un tono casi ambientalista, algo bastante curioso para un espacio que históricamente suele mirar con desconfianza cualquier discusión ecológica o urbanística que implique regulación estatal.
Del otro lado aparece Ciudad Futura, que convirtió el conflicto en una épica sobre el río, la participación ciudadana y la defensa de la identidad rosarina. Ahí el riesgo es otro: caer en el “no permanente”. Porque Rosario también necesita recuperar una Costanera Norte abandonada durante décadas, y discutir cualquier intervención como si automáticamente fuera un negociado tampoco parece demasiado razonable.
En el medio queda el oficialismo de Pablo Javkin, que probablemente cometió el pecado más clásico de la política rosarina: enamorarse demasiado rápido de un render.
Porque el problema no parece ser solamente el parque acuático. El problema fue anunciarlo antes de construir consenso. Rosario tiene una relación emocional con el río. Y cuando alguien toca la costa, no alcanza con mostrar toboganes, luces LED y promesas turísticas. La ciudad necesita sentirse parte de la discusión.
Ahí aparece otro error político: subestimar el valor simbólico del espacio público en una Rosario que durante años vivió encerrada por el miedo, la violencia y el deterioro urbano.
El oficialismo creyó que vendía futuro. La oposición encontró una oportunidad política. Y ahora todos juegan su partido sobre la arena de La Florida.
Mientras tanto, el río sigue ahí. Mucho más viejo, mucho más sabio y bastante menos ansioso que toda la dirigencia junta.

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