El secreto que Enzo Fernández escondía en sus botines antes de enfrentar a Inglaterra
El volante argentino no se sentía cómodo con el calzado que utilizaba en el Mundial y decidió recuperar un modelo que ya no se fabrica. Mandó a buscar tres pares de los Phantom GT2, los mismos con los que marcó su inolvidable gol ante México en Catar. Contra Inglaterra volvió a usarlos y también recuperó algo de su mejor fútbol.
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Por Mauro Yasprizza.
Enzo Fernández miraba sus pies y no encontraba respuestas.
Los botines rosas que había utilizado durante el Mundial eran modernos, livianos y brillantes. Parecían hechos para correr sobre el aire. Eran vistosos, relucientes, casi perfectos. Pero algo no terminaba de funcionar.
Tal vez era el cansancio acumulado. Tal vez pesaban los partidos, la exigencia de la temporada inglesa o esa obligación permanente de jugar bien cuando todo un país espera una genialidad. Enzo corría, tocaba la pelota y buscaba su lugar, pero no parecía ser el mismo.
Entonces apareció el recuerdo.
No fue una jugada, ni una indicación táctica, ni una conversación con el entrenador. Fue una imagen: aquellos botines negros con los que había jugado en Catar. Los Nike Phantom GT2. Los mismos que llevaba puestos cuando convirtió aquel gol contra México, cuando acomodó el cuerpo y colocó la pelota contra un palo para devolverle la respiración a la Argentina.
Enzo quería volver a usarlos.
Había un problema: ese modelo ya no se fabricaba.
Conseguirlos no era entrar a una tienda, elegir un talle y pagar. Había que buscarlos como se buscan algunas cosas del pasado: con paciencia, memoria y un poco de obsesión.
En esa historia apareció Canor Iglesias, un emprendedor cordobés especializado en rastrear botines que dejaron de comercializarse. Modelos antiguos, ediciones especiales, pares olvidados en depósitos o guardados por coleccionistas.
—Mandame tres pares —fue el pedido de Enzo.
La carrera comenzó.
Había poco tiempo. El Mundial avanzaba, los partidos se acumulaban y la semifinal contra Inglaterra estaba cada vez más cerca. Los botines del pasado debían llegar cuanto antes al presente.
Finalmente, llegaron.
Enzo los recibió, se los puso y los probó durante un entrenamiento. El cuero negro, la pipa blanca y los detalles en bronce volvieron a envolverle los pies. El mediocampista se sintió cómodo. Como si un objeto pudiera conservar sensaciones. Como si los botines recordaran.
Pero la marca que lo viste también los vio.
Y no le gustó.
Le advirtieron que aquel modelo ya no estaba a la venta, que debía utilizar el calzado actual, el que formaba parte de la nueva colección. Las reglas comerciales eran claras. El pasado, para las empresas, suele tener fecha de vencimiento.
Pero era un Mundial.
Y un Mundial no siempre entiende de contratos, lanzamientos o campañas publicitarias. A veces entiende de cábalas. De sensaciones. De pequeñas rebeldías. De hacer cualquier cosa con tal de sentirse bien antes de salir a jugar el partido más importante.
Enzo eligió los botines negros.
Contra Inglaterra volvió a parecerse al jugador que todos conocían. Recuperó energía, decisión y confianza. Se mostró más suelto. Volvió a pedir la pelota y a pisar el área con peligro.
Cuando el partido entraba en sus minutos finales, apareció en la puerta del área. Minuto 85. La pelota le quedó servida y Enzo sacó un derechazo.
El golpe salió de aquel botín negro. El mismo modelo que había quedado unido para siempre a su gol contra México. Por un instante, el tiempo pareció doblarse. Catar y el presente quedaron separados apenas por un remate.
Tal vez los botines no expliquen nada. Tal vez todo haya sido físico, mental o futbolístico. Tal vez Enzo simplemente haya recuperado su nivel en el momento justo.
Pero el fútbol está hecho también de esas historias que no necesitan explicación.
Mientras todos hablan de esquemas, estadísticas y pronósticos para la final, Enzo Fernández guarda una cábala debajo de las medias. Tres pares de botines que ya no se fabrican. Tres puertas hacia un recuerdo feliz.
Porque, a veces, el pasado no es un lugar al que uno vuelve por nostalgia.
Es el lugar donde va a buscarse cuando necesita recordar quién era.

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