Por Mauro Yasprizza.
Nació como una épica de igualdad, creció como un dogma y terminó, en buena parte del mundo, convertido en un sistema que administra pobreza mientras predica justicia.
La caída antes del relato
El socialismo, en su versión real y aplicada, no fracasó por un golpe externo ni por una conspiración eterna: fracasó por sus propios límites. Donde se prometió emancipación terminó habiendo control; donde se anunció justicia social apareció escasez; donde se habló de igualdad se consolidaron élites políticas intocables. El resultado se repite con una regularidad inquietante: economías asfixiadas, sociedades vigiladas y ciudadanos resignados a sobrevivir, no a progresar.
No es una opinión ideológica: es una constatación empírica. Allí donde el socialismo se instaló como sistema total, el Estado dejó de ser un árbitro para convertirse en dueño de todo. Y cuando el Estado es dueño de todo, nadie es verdaderamente dueño de nada.
Una breve historia de una ilusión persistente
El socialismo moderno tomó forma política tras la Revolución Rusa de 1917 y se consolidó como modelo de poder durante el siglo XX, con la Unión Soviética como faro ideológico. Durante décadas, el bloque socialista se expandió por Europa del Este, Asia, África y América Latina, sostenido por planificación centralizada, partido único y represión del disenso.
El punto de quiebre llegó a fines de los años 80: la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética en 1991 no fueron accidentes históricos, sino la consecuencia de un sistema económicamente inviable y socialmente agotado.
Algunos países reinterpretaron el modelo para sobrevivir. China mantuvo el control político, pero abandonó el socialismo económico puro y abrazó el mercado. Otros, como Cuba o Venezuela, persistieron en el dogma y pagan hoy el precio: economías colapsadas, migraciones masivas y libertades condicionadas.
El socialismo no desapareció del mundo: se transformó en un discurso. Ya no promete prosperidad, promete resistencia. Ya no ofrece futuro, ofrece relato.
El problema de fondo
El núcleo del fracaso socialista no es moral, es estructural. Parte de una desconfianza radical hacia el individuo y una fe casi religiosa en el Estado. Supone que una burocracia puede decidir mejor que millones de personas qué producir, cómo vivir y qué desear. La historia demuestra lo contrario: cuando se anula el incentivo, se mata la creatividad; cuando se castiga el mérito, se empobrece a todos; cuando se persigue la diferencia, se apaga la sociedad.
El socialismo no cae porque lo ataquen: cae porque no puede sostener lo que promete.
Moraleja
Las ideas que ignoran la naturaleza humana pueden ser bellas en los libros, pero crueles en la realidad.
La igualdad impuesta empobrece; la libertad regulada hasta desaparecer, también.
La historia enseña —una y otra vez— que ningún sistema puede salvar a los pueblos si antes les quita la posibilidad de decidir por sí mismos.

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