El Virreinato de Viamonte: Tapia, Toviggino y el arte de convertir al fútbol argentino en una monarquía medieval
Opinión. Por Mauro Yasprizza
Por Mauro Yasprizza.
Entre dirigentes arrodillados, arbitrajes que parecen escritos por un guionista de terror y un poder que se multiplica como si la AFA fuese un organismo inmortal, la dupla Tapia–Toviggino ya no gobierna el fútbol: lo posee. Y mientras el país discute inflación, ellos diseñan un feudo inoxidable donde el que habla de más termina en la B… pero de la vida.
Hay domingos en que uno abre los ojos, prende el celular y descubre que el fútbol argentino sigue en pie. No porque funcione —eso sería demasiado pedir— sino porque la AFA logró estabilizarlo como se estabiliza un jarrón roto: con cinta de embalar, rezos y una aceptación colectiva de que puede caer en cualquier momento. Y en el centro de esa tragicomedia, ahí están los dos pilares del orden contemporáneo: Claudio Tapia y Pablo Toviggino, los últimos dos hombres en la Tierra capaces de manejar el caos sin despeinarse.
Desde que desembarcaron en Viamonte, la AFA dejó de ser una institución deportiva para transformarse en una especie de Virreinato del Río de la Plata 2.0. Tapia como el virrey simpático, siempre sonriente, pastor de consensos; y Toviggino como el jefe de inteligencia del reino, el que conoce todos los pecados, todas las miserias, todos los pedidos desesperados y todos los favores incómodos del fútbol argentino.
Si Viamonte tuviera pasaportes, ellos dos estarían en la tapa.
El poder como arte marcial
En la AFA no hay opositores. No hay rebeldes. No hay intrépidos. Hay silencio administrativo, que en Viamonte se traduce como obediencia. Porque nadie, absolutamente nadie, se atreve a desafiar al sistema que Tapia y Toviggino construyeron con paciencia quirúrgica: club por club, liga por liga, ciudad por ciudad.
Un sistema donde el poder no se discute: se entrega, se agradece y se renueva automáticamente cada elección.
La reelección no es un proceso: es una efeméride.
El Consejo Federal o cómo domesticar un continente
El interior del país —ese territorio tan vasto como olvidado por la política nacional— encontró en Toviggino a su nuevo ministerio de asuntos internos.
Si hay que habilitar un torneo, ahí está.
Si hay que desactivar un motín dirigencial, ahí está.
Si hay que bajar línea, también está.
Y si hay que explicar por qué un club que vive en la penuria económica sigue compitiendo como si nada, nadie explicará nada, pero todos saben la respuesta: Viamonte provee.
En el interior, no se habla de la AFA. Se habla de “lo que dijo Pablo”.
El arbitraje: la zona liberada de todos los domingos
Cada fecha del fútbol argentino es la misma película:
• penal inexistente,
• offside de la década,
• VAR con delay de Windows 98,
• árbitros que se equivocan con una convicción admirable.
Y aun así, nada cambia.
Porque el arbitraje es un misterio religioso. Un sacramento. Una experiencia mística que nadie quiere blasfemar para no perder indulgencias futuras.
El que se queja, pierde.
El que calla, gana un arbitraje “normal” la semana siguiente.
Los fondos, ese misterio tan rentable
La AFA reparte dinero como si manejara un subsidio espiritual.
Clubes endeudados, desbordados, quebrados, pero vivos.
Todos reciben algo.
Nadie sabe cuánto.
Nadie pregunta.
Nadie audita.
Nadie quiere auditar.
La transparencia en Viamonte es como el VAR funcionando bien: un mito urbano.
La Selección como blindaje político
Tapia entendió que ganar la Copa América, la Finalissima y el Mundial no solo convierte a la Selección en un monumento emocional: convierte a la dirigencia en intocables.
¿Quién se va a animar a cuestionar a la AFA después de Messi levantando la Copa en Qatar?
¿Quién se va a arriesgar a ser “el enemigo de la Scaloneta”?
La Selección es un escudo antibalas.
Un firewall.
Una póliza de seguro que blinda todo: errores, desprolijidades, arbitrajes y silencios.
La AFA no funciona.
La AFA sobrevive.
No por mérito institucional, sino por un sistema de poder que Tapia y Toviggino convirtieron en una obra de ingeniería política digna de estudio universitario.
Un feudo moderno donde las leyes no se leen: se intuyen.
Donde los favores no se anotan: se recuerdan.
Y donde el que levanta la voz descubre que, sorpresivamente, su club dejó de recibir ese “apoyo extraordinario” que venía llegando todos los meses.
Mientras tanto, el fútbol argentino sigue respirando.
No por oxígeno, sino por inercia.
Y en Viamonte celebran otro domingo de paz interna, mientras el país entero cree que lo que pasa ahí adentro es solo deporte.
Ojalá fuera tan simple.

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