Empate que maquilla, pero no alcanza: Newell’s cerró sin perder, aunque sigue en deuda
Opinión. Por Mauro Yasprizza.
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Por Mauro Yasprizza.
El 1-1 ante Vélez Sarsfield dejó una sensación ambigua: la Lepra sumó seis partidos sin caídas, pero volvió a mostrar que, sin gol ni ideas, el futuro todavía es una promesa más que una realidad.
A Newell’s Old Boys le alcanzó para no perder. No le alcanzó para convencer.
El empate en Liniers, con goles de Florián Monzón para el local y del siempre oportuno Juan Ignacio Ramírez para la Lepra, dejó un cierre de torneo que se puede leer de dos maneras: el vaso medio lleno del invicto de seis partidos… o el medio vacío de un equipo que todavía no sabe bien a qué juega.
Porque sí, los números están. Tres triunfos, tres empates, una racha que en otro contexto se aplaudiría de pie. Pero la cancha cuenta otra historia. Una más áspera, más incómoda. Una donde Newell’s arranca dormido, reacciona tarde y depende demasiado de arrestos individuales.
En Liniers volvió a pasar. Vélez pegó primero, como casi siempre le pasa a este Newell’s frágil de entrada. Y otra vez apareció Ramírez, ese delantero que hace goles entrando desde el banco, como si el área fuera su zona de confort y no importara cuándo le toque jugar. Tres goles en tres partidos, siempre como suplente. Un dato que explica más de lo que parece: hoy, el equipo necesita soluciones desde afuera.
Después, la Lepra fue de menos a más. Empujó, insinuó, hasta coqueteó con ganarlo. Pero se quedó en eso: insinuaciones. Y en el fútbol argentino, las insinuaciones no suman puntos.
Ahora viene lo importante de verdad. No el empate, no el invicto, no el cierre “decoroso”. Lo que viene son 74 días donde se juega otro campeonato: el de armar un equipo serio.
Y ahí la pelota la tiene uno solo: Frank Darío Kudelka.
Kudelka ordenó. Le bajó el pulso al caos que venía siendo Newell’s. Logró algo básico pero necesario: que el equipo deje de perder. Pero eso no alcanza. No en Rosario. No en un club que vive con la urgencia pegada a la piel.
Ahora tiene que dar el salto. Y ese salto no es táctico, es estructural.
Necesita, como mínimo, cuatro refuerzos. Pero no para completar la planilla: para cambiarle la cara al equipo. Un defensor que mande, un volante que piense y dos atacantes que pesen. Jugadores que no se escondan cuando la cosa se pone fea.
Y lo más importante: esas incorporaciones van a llevar su firma. No hay excusas. No hay herencias. No hay “lo que quedó”. Este Newell’s que viene será, en gran parte, el Newell’s de Kudelka.
El empate en Liniers, entonces, es apenas una postal. Una foto que no define nada.
Porque la verdadera historia empieza ahora.
Y esta vez, no alcanza con empatar.

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