España juega mejor. Argentina sabe ganar: por qué veo a la Scaloneta un paso más cerca de otra estrella
Opinión, por Mauro Yasprizza.
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Opinión, por Mauro Yasprizza.
Si la final del Mundial se definiera únicamente por el funcionamiento colectivo, España arrancaría con una pequeña ventaja. El equipo de Luis de la Fuente llega con una identidad consolidada, domina los partidos desde la posesión y transmite la sensación de saber exactamente qué quiere hacer en cada momento. Argentina, en cambio, recorrió un camino mucho más complejo, sufrió más de la cuenta y no siempre jugó bien. Sin embargo, hay algo que este grupo volvió a demostrar durante toda la Copa: cuando el escenario se vuelve incómodo, encuentra la manera de seguir vivo.
Por eso creo que la final del domingo será mucho más pareja de lo que indican algunos análisis. Incluso me animo a decir que España probablemente juegue mejor durante varios pasajes del partido. Pero una final no siempre la gana quien juega mejor. Muchas veces la termina levantando quien sabe soportar el sufrimiento.
España llega después de eliminar a Austria, Portugal, Bélgica y Francia con una autoridad que pocos equipos pudieron mostrar en este Mundial. Su mediocampo, comandado por Rodri y Fabián Ruiz, marca el ritmo de los encuentros, mientras Dani Olmo encuentra los espacios para conectar con un ataque que tiene en Lamine Yamal a su futbolista más desequilibrante.
El joven extremo representa buena parte del peligro español. Puede pasar varios minutos casi desapercibido y, de repente, resolver una jugada con una aceleración, un pase filtrado o un remate imposible de defender. Allí aparecerá uno de los grandes duelos de la final: el costado de Nicolás Tagliafico, que seguramente necesitará la ayuda permanente de Alexis Mac Allister o de Giuliano Simeone para contener esa sociedad que también integra Pedro Porro.
Pero España no depende únicamente de sus figuras. Lo que más impresiona es la continuidad de su funcionamiento. Cambian los intérpretes y la idea permanece. Esa es, probablemente, la mayor fortaleza del campeón de Europa.
Argentina llega por otro camino.
El seleccionado de Lionel Scaloni eliminó a Cabo Verde, Egipto, Suiza e Inglaterra atravesando momentos de sufrimiento que, lejos de debilitarlo, parecen haber fortalecido su carácter competitivo. Contra los ingleses volvió a quedar demostrado: empezó perdiendo, reaccionó y terminó imponiéndose gracias a su capacidad para interpretar los momentos del partido.
Ese rasgo distingue a esta selección desde hace varios años. No necesita dominar durante noventa minutos para encontrar el golpe decisivo.
La base del equipo sigue siendo la misma que construyó el ciclo más exitoso de las últimas décadas. Emiliano Martínez continúa ofreciendo seguridad en el arco; Cristian Romero y Lisandro Martínez forman una de las mejores parejas centrales del torneo; Enzo Fernández y Alexis Mac Allister representan el equilibrio; Julián Álvarez aporta un despliegue difícil de igualar; y Lionel Messi conserva esa capacidad única para resolver una jugada aunque participe poco del desarrollo.
A los 39 años ya no gana los partidos desde el despliegue físico. Los gana desde la lectura. Mientras los demás ven una posibilidad, él suele descubrir dos o tres. España intentará alejarlo del área, obligarlo a recibir de espaldas y rodearlo con Rodri, Fabián Ruiz y los centrales. Argentina buscará exactamente lo contrario: acercarlo lo máximo posible al arco de Unai Simón.
El otro gran duelo se jugará en los bancos.
Luis de la Fuente consolidó una identidad casi inalterable. España juega igual desde el primer hasta el último minuto. Scaloni, en cambio, suele modificar el plan según lo que pide el partido. Esa flexibilidad puede transformarse en una ventaja en una final cerrada, donde los pequeños detalles suelen inclinar la balanza.
También habrá que observar el ingreso de Lautaro Martínez si el encuentro permanece igualado durante la última media hora. Su potencia contra defensores desgastados puede cambiar el destino de una final.
Otro aspecto que puede adquirir relevancia es el contexto. El calor previsto para Nueva Jersey favorecerá al equipo que consiga administrar los tiempos del partido. Si España monopoliza la pelota, obligará a Argentina a un desgaste permanente. Si el equipo argentino logra cortar el ritmo, disputar cada balón y convertir el encuentro en una batalla emocional, el escenario comenzará a acercarse al terreno donde mejor se mueve.
Por eso mi sensación no cambia.
Veo una primera etapa favorable a España desde la posesión y el control. También imagino una reacción argentina a medida que el partido avance y aparezcan los espacios detrás de los volantes españoles. Allí puede cambiar la historia.
No me sorprendería un empate después de los noventa minutos. Y si la final se extiende al alargue o a los penales, creo que el favoritismo cambia de camiseta.
España, para mí, llega como un equipo ligeramente superior desde el juego. Argentina, en cambio, posee algo que no siempre aparece en las estadísticas: la tranquilidad de quien ya atravesó este tipo de noches, la personalidad para soportar el golpe cuando llega y la convicción de que siempre habrá una última oportunidad.
Las finales no suelen recordar quién tuvo más la pelota. Recuerdan quién levantó la Copa. Y si esta termina siendo otra de esas noches en las que el fútbol se explica más con carácter que con porcentajes, entonces Argentina puede volver a escribir una página destinada a quedarse para siempre en la memoria del mundo.

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