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Por Mauro Yasprizza.
Este jueves a las 17, desde Mitre y Salta hasta la Plaza 25 de Mayo, una multisectorial volverá a marchar contra el “imperialismo yanqui” y en defensa de Venezuela. La escena será conocida: banderas, consignas encendidas y una narrativa que reduce un conflicto internacional complejo a una consigna cómoda y previsible.
La reciente ofensiva de Estados Unidos sobre Venezuela, impulsada por la administración de Donald Trump, es grave, discutible y peligrosa. Hubo bombardeos, muertos y una captura que tensiona el derecho internacional. Eso es un hecho. Pero convertir automáticamente a Nicolás Maduro en un “presidente secuestrado” y símbolo puro de soberanía popular es, cuanto menos, una simplificación interesada. Venezuela no es solo víctima externa: arrastra años de crisis económica, denuncias por violaciones a los derechos humanos y una institucionalidad profundamente dañada.
La gacetilla que convoca a marchar mezcla causas globales, enemigos históricos y reclamos locales en una sola bolsa ideológica. En ese combo entra también Javier Milei, señalado como cipayo funcional al imperialismo. El problema es que la indignación selectiva suele callar frente a los abusos propios y gritar solo contra los ajenos.
Marchar es un derecho. Pensar, también. Y quizá sea el más urgente. Porque cuando la política se vuelve consigna automática, deja de ser una herramienta para entender el mundo y pasa a ser apenas un refugio emocional.
Moraleja: la realidad no se ordena a fuerza de pancartas. Sin pensamiento crítico, la épica termina siendo otra forma de ceguera.

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