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Opinión, por Mauro Yasprizza.
Arranca así: el hombre está en cámara, habla, gesticula, se indigna… y dice que no lo dejan hablar. Ahí ya hay un problema. O una tomada de pelo.
Juan Monteverde construyó en los últimos años un personaje curioso: el del político supuestamente silenciado que no deja de aparecer. Un vedado con agenda. Un perseguido con micrófono. Un marginal con booking. Hay algo casi entrañable en esa contradicción, si no fuera porque insiste en repetirla como si la realidad fuera un detalle menor.
La tesis es simple, casi infantil: “no me invitan porque el poder aprieta”. El viejo truco de victimizarse para ganar volumen. Pero cuando uno raspa un poco —y alcanza con raspar— aparece otra cosa: Monteverde no está afuera del sistema mediático. Está adentro. Y cómodo.
No hay registros serios, auditables, que respalden esa idea de veto sistemático. Lo que sí hay es una rutina bastante visible: entrevistas en radios locales, participaciones en programas de TV, presencia constante en streaming político y una relación fluida con medios porteños donde el discurso entra como anillo al dedo. No es clandestino. No es invisible. No está silenciado. Está seleccionado.
Y ahí está la trampa. No es que no le den lugar. Es que no le gusta dónde le dan lugar. O con quién comparte mesa. O qué le preguntan. Entonces aparece la coartada: si no me tratan como protagonista central, estoy censurado. Si no me aplauden, me silencian. Si me discuten, me operan.
Una tarde cualquiera, en un bar del centro, escuché a un tipo quejarse porque “nadie lo escucha”. Lo decía en voz alta. Muy alta. Interrumpiendo a todos. No dejaba hablar a nadie. Y cuando alguien le respondía, se enojaba. Monteverde tiene algo de ese personaje. Necesita el ruido, pero quiere controlarlo.
La otra pata del relato es más delicada: la acusación de que el oficialismo municipal paga y aprieta periodistas. Es una denuncia grave. Muy grave. Pero lanzada como quien tira un tuit. Sin pruebas concretas, sin nombres, sin datos verificables. Una insinuación permanente que erosiona sin demostrar. Porque en este juego, lo importante no es comprobar: es instalar.
Y mientras tanto, el supuesto vedado sigue girando. Streaming, radios, portales, canales. Rosario, Buenos Aires. El circuito está abierto. Lo que no está es el monopolio del discurso.
Entonces la pregunta no es si lo callan. La pregunta es otra: ¿qué gana diciendo que lo callan?
Gana identidad. Gana épica. Gana un enemigo difuso que le ordena el relato. Es más fácil ser el perseguido que el discutido. Más rentable ser víctima que político.
Pero hay un límite. Porque cuando la queja se vuelve rutina, pierde peso. Y cuando el “no me dejan hablar” lo dice alguien que habla todo el tiempo, la escena se vuelve ridícula.
No hay censura en un micrófono encendido.
Hay otra cosa. Y esa otra cosa incomoda más.

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