Monteverde ya se siente intendente y ensaya un “gobierno paralelo” mientras Rosario intenta salir de la oscuridad
Opinión. Por Mauro Yasprizza.
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Por Mauro Yasprizza.
Juan Monteverde todavía no ganó una elección ejecutiva, no administra la ciudad ni conduce un solo área del Estado municipal, pero ya habla como si estuviera sentado en el despacho del intendente. “Faltan 580 días para empezar a gobernar”, lanzó durante la presentación de la Asamblea de Consejeros Barriales, una puesta en escena cargada de épica militante y estética asamblearia que dejó más dudas que certezas.
El concejal rosarino insiste con el discurso de “devolverle el poder a la gente”, aunque hace más de una década vive de la política y forma parte del mismo sistema que ahora critica. La contradicción es evidente: Monteverde se vende como outsider mientras acumula cargos, alianzas y estructura política desde hace años.
La escena en la Facultad de Medicina tuvo más aroma a acto universitario que a propuesta concreta de gestión. Consejeros barriales, hemiciclo, discursos emotivos y promesas de “reconstruir la comunidad”, mientras Rosario todavía arrastra heridas profundas: la violencia dejó cicatrices, el narcotráfico sigue respirando en muchos barrios, los trapitos continúan siendo parte del paisaje urbano y cientos de comerciantes todavía viven detrás de persianas a medio bajar y cámaras de seguridad.

Sin embargo, en medio de esa realidad áspera, la ciudad empezó lentamente a mostrar señales de cambio. Hay más presencia policial, operativos visibles, zonas que recuperaron movimiento y vecinos que vuelven a caminar con algo menos de resignación que hace dos años. Rosario sigue lejos de estar bien, hay muchas calles por reparar, pero también está lejos de aquel infierno cotidiano donde la muerte parecía haberse naturalizado.
Y en medio de ese contexto delicado, Monteverde eligió lanzar una especie de ensayo anticipado de gobierno, rodeado por los viejos nombres de siempre: Agustín Rossi, Diego Giuliano, Alejandra Rodenas, Rubén Giustiniani y dirigentes históricos del progresismo y el kirchnerismo santafesino. Demasiado aparato tradicional para un espacio que intenta venderse como renovación política.
Monteverde construye un relato potente para auditorios militantes y redes sociales, pero gobernar Rosario exige algo más que frases épicas y romanticismo barrial. Porque una cosa es escuchar al vecino. Otra muy distinta es actuar como intendente antes de ganar una elección, mientras la ciudad todavía pelea por salir de una de las etapas más oscuras de su historia.

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