Otra marcha, la misma postal: la CGT volvió a la calle en un país que ya no espera
Opinión, por Mauro Yasprizza.
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Opinión, por Mauro Yasprizza.
La central obrera movilizó por el Día del Trabajador con consignas previsibles y una puesta en escena conocida. Entre críticas al rumbo económico y reclamos salariales, la distancia con la vida real de millones de trabajadores volvió a quedar expuesta.
La CGT marchó otra vez. Banderas, columnas, escenario y discursos contra el ajuste. Un ritual que se repite cada 1° de mayo, con la misma estética y, sobre todo, con el mismo problema: la desconexión. Mientras la inflación sigue golpeando los ingresos —aunque desacelerada respecto a 2024—, el empleo informal ronda la mitad del mercado laboral y miles de personas sobreviven en trabajos precarios o en plataformas, la dirigencia sindical parece hablarle a un país que ya no existe.
El diagnóstico no es nuevo. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos, el trabajo no registrado se mantiene en niveles altos y el salario real viene de años de deterioro, con recuperaciones parciales que no alcanzan a recomponer lo perdido. En ese contexto, la CGT eligió la calle. Pero eligió, también, una narrativa que suena vieja: paritarias, poder adquisitivo, defensa del modelo productivo. Todo correcto en el papel. Poco convincente en la práctica.
Porque la realidad es otra. El “trabajador” ya no es solo el obrero industrial o el empleado registrado con convenio. Es el repartidor que pedalea doce horas, el monotributista que factura para sobrevivir, el changarín que no entra en ninguna estadística prolija. Y ahí es donde la central sindical hace agua: no logra representar a ese universo creciente, ni ofrecer una agenda concreta para quienes quedaron fuera del sistema que dice defender.
La marcha, además, llegó en un momento político sensible. Con un gobierno que empuja reformas laborales de fondo y una sociedad cansada de los privilegios corporativos, la CGT salió a marcar territorio. Pero lo hizo con más gestualidad que contenido. No hubo anuncios, no hubo autocrítica, no hubo un puente claro hacia los nuevos trabajadores. Solo la foto.
Y la foto pesa. Porque en esa imagen conviven dirigentes que hace décadas ocupan los mismos lugares, estructuras que resisten cualquier cambio y una lógica interna que prioriza la supervivencia propia antes que la renovación. La calle, en ese sentido, funciona más como escenografía que como herramienta de transformación.
Nada de esto implica negar la legitimidad del reclamo. La pérdida de poder adquisitivo es real, el empleo de calidad escasea y las condiciones laborales se deterioran. Pero una cosa es señalar el problema y otra, muy distinta, es estar a la altura de resolverlo. Y ahí es donde la CGT queda en deuda.
La enseñanza, quizás, es incómoda pero necesaria: no alcanza con marchar si no hay a quién representar de verdad. En un país que cambió su forma de trabajar, insistir con recetas viejas no es resistencia, es resignación. Y cuando la representación se vuelve un acto vacío, el silencio de los que ya no creen empieza a pesar más que cualquier movilización.

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