Por Mauro Yasprizza.
El repudio es unánime, casi calcado.
Desde el Partido Justicialista, pasando por la arenga militante de Juan Grabois, hasta el comunicado institucional del gobernador Axel Kicillof, el mensaje es el mismo: condena total a la acción militar de Estados Unidos en Venezuela, denuncia de una violación al Derecho Internacional, defensa irrestricta del principio de no intervención y advertencia sobre un supuesto colapso de la “zona de paz” latinoamericana.
El libreto se repite con precisión quirúrgica. Bombardeo, invasión, ilegalidad, barbarie imperial, soberanía vulnerada, paz amenazada. Las palabras son fuertes. El tono, solemne. La convicción, impostada.
Porque en esa catarata de principios declamados hay algo que llama la atención: todo lo que no se dice.
No hay una sola línea sobre presos políticos.
No hay una mención al fraude electoral sistemático.
No aparece la persecución a la oposición.
No existe el colapso institucional.
No está el éxodo de millones de venezolanos.
Venezuela aparece despojada de su drama real y convertida en escenografía ideológica.
El Derecho Internacional es invocado como si fuera un escudo moral absoluto, pero leído de manera selectiva. Se habla de no intervención como dogma, ignorando que ese mismo derecho no fue concebido para blindar dictaduras, sino para proteger pueblos. Se citan la ONU, la OEA y doctrinas centenarias como Drago y Calvo, pero se omite un dato incómodo: el propio sistema interamericano desconoce al régimen venezolano por ruptura del orden democrático.
La paz que se defiende es abstracta.
La soberanía, retórica.
La autodeterminación, declamada desde escritorios lejanos al padecimiento cotidiano de quienes viven bajo un régimen autoritario.
Hay, además, un exceso que roza lo grotesco. Comparar automáticamente Venezuela con Libia, Irak o Siria no es análisis: es miedo importado. Hablar de “fin de América Latina como zona de paz” sin una sola mención al narcotráfico, al crimen organizado transnacional o a la desestabilización regional real es mirar el mapa con anteojeras ideológicas.
Y cuando se afirma que los principios deben estar por encima de la conveniencia económica, el problema no es la frase —impecable en lo formal—, sino la omisión deliberada: nadie está discutiendo comercio, se discute democracia, derechos humanos y legalidad.
El resultado es una postal conocida: discursos inflamados contra un enemigo externo, silencio absoluto frente al autoritarismo interno. Una épica de soberanía que termina defendiendo regímenes, no pueblos. Un humanismo que se activa según la geopolítica del relato.
No es pacifismo.
No es Derecho Internacional.
No es tradición diplomática argentina.
Es ideología envuelta en lenguaje jurídico, militancia con ropaje institucional y una peligrosa costumbre: indignarse con fuerza hacia afuera mientras se mira para otro lado cuando la barbarie es propia o aliada.
La historia suele ser menos indulgente que los comunicados.
Y los pueblos, más sabios que quienes dicen hablar en su nombre.

:format(webp):quality(40)/https://rosarionuestrocdn.eleco.com.ar/media/2026/01/kicillof_grabois.webp)
Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión