Rosario, una ciudad sin candidato y un oficialismo lleno de dudas
Opinión, por Mauro Yasprizza.
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Opinión, por Mauro Yasprizza.
Mucho poder, mucha rosca y poca calle. El frente gobernante gobierna, pero no enamora. Entre la gestión, el miedo a los libertarios y la falta de figuras, el oficialismo mira la ciudad como quien mira un incendio desde lejos.
El oficialismo tiene el poder, pero no tiene el nombre. Tiene la lapicera, pero no el magnetismo. Tiene gestión, pero le falta calle. Y eso, en una ciudad áspera, desconfiada y castigada como Rosario, no es un detalle menor: es el problema central.
Hoy el frente que gobierna la provincia y el municipio arranca la carrera con una debilidad evidente: no aparece nadie que entusiasme, nadie que mida por peso propio, nadie que ordene sin que lo empujen desde arriba. La sensación interna es incómoda y se dice en voz baja, pero se siente fuerte: no hay figura taquillera.
Maximiliano Pullaro lo sabe. Por eso sigue Rosario como si fuera un paciente en terapia intensiva. Invirtió fuerte en seguridad, se puso al frente del discurso duro y cree que con eso alcanza para ser competitivo. Pero los números no siempre devuelven lo que la épica promete. La ciudad es ingrata, fragmentada y volátil. Y no siempre premia la gestión: muchas veces castiga el clima.
Para el gobernador, el problema no está tanto en el progresismo local —al que ve con límites claros— sino en algo más imprevisible y peligroso: el fenómeno libertario, que camina liviano, sin estructura, pero con bronca acumulada. Ahí está el verdadero miedo. No en el pasado, sino en lo nuevo que no se puede controlar.
Pablo Javkin, mientras tanto, juega su propio ajedrez. Tiene nombres dando vueltas, funcionarios que se anotan, dirigentes que se muestran, pero nadie termina de despegar. Su preferencia existe, pero también su duda. Por eso nunca cierra del todo ninguna puerta. Ni siquiera la propia. En política, cuando alguien dice “no está en agenda”, casi siempre significa “todavía no”.
El frente apuesta a una interna grande, ruidosa, casi salvaje. Una primaria que ordene lo que hoy es dispersión. La idea es simple: que compitan todos, que se midan todos y que después nadie haga pucheros. El problema es que las PASO ordenan cuando hay liderazgos; cuando no los hay, solo exponen miserias.
El radicalismo quiere jugar, el PRO también, el socialismo mira con nostalgia y pelea interna. Todos tienen algo, nadie tiene todo. Mucho nombre técnico, mucho currículum, poca piel. Mucha rosca, poco bar.
El oficialismo confía en que la obra pública y la baja de ciertos indicadores hagan el trabajo fino. Puede ser. Pero en Rosario, la política no se gana solo con datos: se gana con relato, presencia y carácter. Y hoy eso escasea.
La paradoja es brutal: gobiernan la provincia y la ciudad, pero llegan al debate grande sin candidato claro y con más dudas que certezas. Pullaro juega fuerte, Javkin administra equilibrios y la ciudad espera algo que todavía no aparece.
Porque en Rosario, cuando el poder duda, la calle lo huele. Y cuando la calle huele duda, vota bronca.

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