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Como muchas personas de este siglo, cuando despierto lo primero que hago es chequear las noticias a través de las redes sociales. Muy fuerte para un lunes a primera hora encontrarse con el siguiente titular: “El Papa Francisco recomendó recurrir a la psiquiatría para la homosexualidad detectada en la infancia” .
Por un lado comprendo que dentro del sistema de creencias del catolicismo, la homosexualidad no es aceptada. Excepto paradójicamente cuando se pone en práctica entre sus propios representantes pederastas, en quienes la homosexualidad en sí no sería condenable sino fuese que constituye un pecado desde sus propios mandatos. Lo cierto y lo que afecta a la población bajo su ejido es la patología parafílica, el delito de abuso sexual en la infancia y adolescencia, agravado por sus roles de autoridad o cuidado; y la falta absoluta de ética y moral en relación a la investidura eclesiástica que portan. Pero hagamos abstracción de estos delitos que no es el tema que nos ocupa.
Decía que comprendo y respeto la libertad de las personas por adherir a un sistema de creencias aunque éste regule la sexualidad bajo criterios reproductivistas, coitocentristas y heteronormativos; porque como bien sabemos, “la libertad es libre” y si alguien opta por adoptar esas normas y restricciones en función del beneficio psicológico, emocional o espiritual que le confiera pertenecer a ese culto, está en su pleno derecho. Las religiones tienen derecho a establecer sus reglas según las convicciones, y sus seguidores tienen derecho a seguirlas con mayor o menor flexibilidad según su propia conciencia.
Pero lo que no acepto, y repudio, es que desde su máxima figura de autoridad el catolicismo transmita un mensaje con información errónea que involucra a profesionales de la salud, generando una masiva confusión que no es ingenua.
El mensaje está expresado “como si” se diese por sentado que la homosexualidad es una patología. La Iglesia puede rechazar las orientaciones no heterosexuales en sus pautas, pero no puede patologizar arbitrariamente un comportamiento, ni puede recomendar un supuesto abordaje terapéutico que no existe.
No importa a qué edad se manifieste (lo de “detectar” también es patologizante, se detectan signos, síntomas, o agentes patógenos de una infección, no orientaciones sexuales), la homosexualidad no requiere ningún tipo de intervención médica o psicológica, porque no constituye una patología. La Organización Mundial de la Salud (OMS), la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) y todos los organismos nacionales e internacionales desde hace muchas décadas han excluido de la nosografía a la homosexualidad, ya que no es una enfermedad ni un modo patológico de funcionamiento de la sexualidad. Por lo cual, no existe ni debe existir ningún abordaje psicoterapéutico ni farmacológico que pretenda modificarla.
En lo que sí estoy de acuerdo, aunque no en el sentido que el Sumo Pontífice quiso imprimir a la expresión, es en su afirmación respecto a que “Ignorar a su hijo o hija con tendencias homosexuales es un defecto de paternidad o de maternidad”. Ignorar a un hijo o hija, per se, es un defecto de paternidad o maternidad. Ignorar a un hijo o hija por su orientación sexual, también lo es. Ningún hijo o hija debería ser ignorado por sus padres, ni por su orientación, ni por su identidad, ni por sus creencias, ni por sus elecciones, ni por su comportamiento en general.
Pero cuidado, este es el sentido que yo le estoy dando sacando la expresión de contexto. El Papa Francisco con esa expresión realizó una atribución causal de responsabilidad etiológica respecto a una enfermedad que no es tal por supuesto, pero que para unas madres o padres que crean incuestionablemente en sus palabras, no sólo les está diciendo que la homosexualidad de su hijo o hija es una patología, sino que además les está diciendo que es su culpa, por no haberlo “detectado” y llevado a “tratar” a tiempo…. Es un discurso perverso, en tanto genera culpas a granel, en la persona homosexual por su pecado y en sus progenitores por no haberlo detectado e impedido…y así son más los que necesitan el perdón, ¿cierto?
“Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, con el puño cerrado de la mano derecha golpeando el pecho, es el recuerdo más poderoso y nefasto que tengo de mi infancia católica, al cual sobreviví bastante bien en mi caso, pero muchos de mis pacientes en su padecer adulto, también comparten ese y otros recuerdos o creencias nucleares forjadas en ese contexto que sí son causa de sufrimiento. La culpa que doblega, que aniquila la autoestima, que cercena la personalidad, que oprime, que angustia, que somete… fuente de poder.
Es responsabilidad de la comunidad científica, de los profesionales de la salud en general, de los sexólogos clínicos y educadores sexuales en particular, y de los medios de comunicación, hacer circular la información correcta que lleve tranquilidad, claridad y paz, a las personas con cualquier orientación sexual, y a sus familias.
Como Sexóloga, y como miembro de la Federación Sexológica Argentina (FESEA), afirmo que:
En el momento de la vida que sea que se manifieste la orientación sexual de un ser humano, sea heterosexual, homosexual, bisexual o pansexual, ninguna es patológica, por lo tanto no es necesario realizar ningún tipo de consulta o intervención terapéutica médica ni psicológica.
Muchas veces he recibido consultas telefónicas solicitando turno por la sospecha de homosexualidad en un hijo o hija adolescente. En todos los casos ofrecí amablemente un espacio de terapia a la madre o padre consultante para que pueda resolver sus dificultades, ya que lo que describían en sus hijos no era motivo de consulta ni preocupación.
A lo sumo puede ocurrir que esa expresión de su sexualidad perturbe, angustie, ponga en tensión, a sus padres o familiares. En tal caso sí se recomienda que la madre o el padre o cualquier vínculo significativo, realice una consulta psicológica, a fin de resolver sus propias limitaciones, sea por padecer homofobia o para encontrar la manera adecuada de compatibilizar su sistema de creencias religioso con el desarrollo libre de sus retoños, a modo de no generar conflictos en el vínculo o no dañarlos desde la ignorancia, la indiferencia o la incomprensión.
