Por Mauro Yasprizza.
Juan Monteverde se paró en la Convención Constituyente como si fuera el último guardián de la democracia. Su discurso inflamado contra el oficialismo —acusando al gobernador de buscar la reelección a toda costa y al proceso constituyente de ser “la Constitución del 30%”— intentó colocar a Ciudad Futura en el lugar del outsider incorruptible. Pero el problema de Monteverde no es lo que denuncia: es lo que calla.
Porque mientras lanza dardos contra el supuesto “conservadurismo” de la reforma, su propio espacio político negocia en silencio con el peronismo. Pacta sillones, acuerda estrategias, reparte poder. Exactamente lo mismo que criticaba cuando nació como fuerza que venía a “cambiarlo todo”. Hoy Ciudad Futura juega en la rosca que tanto despreciaba, y lo hace con una impudicia que desarma el relato épico de sus orígenes.
La traición no es solo ideológica. Es política y es personal. La alianza con sectores del PJ significó desplazar y vaciar al Movimiento Evita, históricamente ligado a Eduardo Toniolli. Monteverde se planta como la voz rebelde, pero lo cierto es que en la práctica eligió el camino del pragmatismo más crudo, aun a costa de dinamitar los lazos con espacios que compartían la misma bandera de resistencia.
Lo más paradójico es que mientras acusa al oficialismo de no abrir el juego al resto de la oposición, Ciudad Futura tampoco escucha a nadie que no encaje en sus cálculos. Monteverde exige grandeza, pero se comporta con la mezquindad de quien no soporta perder protagonismo. Habla de democracia, pero defiende una lógica sectaria. Señala la falta de consenso, mientras su bloque se acomoda a la primera oportunidad que garantice cuotas de poder.
Ciudad Futura nació prometiendo una política distinta: horizontal, transparente, sin roscas. Hoy se parece demasiado a lo que juraba combatir. El doble discurso de Monteverde desnuda una verdad incómoda: detrás de la retórica progresista, la fuerza que decía representar a los “sin voz” terminó hablando solo para sí misma.
El problema ya no es si Pullaro va a ser reelecto o no. El problema es que quienes construyeron su identidad a partir de la crítica al sistema, terminaron absorbidos por el mismo sistema que decían detestar. Y esa contradicción, más temprano que tarde, la va a facturar la ciudadanía. Porque la gente puede soportar errores, pero no soporta ser engañada.
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