Ciudad Futura: ¿los Kirchner en versión boutique, con tambo incluido?
Opinión, por Mauro Yasprizza.
Por Mauro Yasprizza.
Hay algo deliciosamente patético —y a la vez fascinante— en ese paralelismo que algunos osan trazar entre el matrimonio presidencial más poderoso de la Argentina reciente y una pareja rosarina que milita desde una fábrica de alimentos y escuelas populares. Sí, hablamos de Juan Monteverde y Caren Tepp, el dúo estrella de Ciudad Futura, que, como los Kirchner, aprendieron a hacer de la vida privada un proyecto político.
El guion que se repite
Néstor y Cristina construyeron poder en tándem: él gobernaba, ella lo sucedía, y juntos edificaron un entramado capaz de someter al peronismo entero y de reescribir la historia reciente. Monteverde y Tepp, salvando las distancias siderales de caja y territorio, repiten la fórmula a escala barrial: resistencia a desalojos, un tambo como emblema de justicia social, cuatro bancas en el Concejo y un 30 % de los votos tras pactar con el peronismo rosarino. ¿Coincidencia? Difícil creerlo.
El populismo de proximidad
Los Kirchner estatizaron, retuvieron y poblaron el Estado con militantes. Ciudad Futura no tiene la billetera nacional, pero sí un método: cooperativas, fábricas, escuelas y militancia barrial financiada con parte de los sueldos. Una suerte de “anti-élite” que termina funcionando como la nueva elite. Menos Balcarce 50, más barrio Tablada.
La táctica del relevo
Tras la muerte de Néstor, Cristina se volvió la sombra que todo lo condicionaba. En Rosario, Monteverde juega su propia versión: negoció con el PJ, ubicó a Tepp al frente de la lista y dejó afuera a rivales incómodos. Una movida que recuerda demasiado a la arquitectura kirchnerista: el líder que se corre medio paso al costado, pero sigue controlando el tablero.
El relato del pueblo
Los Kirchner supieron capitalizar la bronca de la crisis de 2001; Ciudad Futura moldeó el suyo en los restos del estallido: barrios abandonados, tambos recuperados, cooperativas que se convirtieron en discurso electoral. La épica es la misma: representar al “pueblo olvidado” para después administrar poder con pactos de la vieja política.
El terror empresario
Si algo sembró el kirchnerismo fue el miedo empresario: la imprevisibilidad económica. Monteverde y Tepp, en versión municipal, ya provocan escalofríos: advierten que su gestión espantaría a inversores privados. No es casual: cada proyecto político necesita su villano, y el mercado suele ser el más fácil de demonizar.
Conclusión
Monteverde y Tepp podrían plantarse en el Palacio de los Leones y gritar: “¡Somos los Kirchner, pero sin Banco Central!”. No tienen la chequera, pero sí narrativa, territorio, alianzas y aparato político. La misma película, pero filmada con menos presupuesto y más murga que épica.
Porque, en definitiva, Rosario no pidió un matrimonio político con pretensiones de eternidad, pero lo tiene. Con discursos que prometen futuro mientras repiten viejos vicios: pactos con el PJ en lugar de la Cámpora, fábricas de quesos en lugar de YPF, épica barrial en lugar de relato nacional.
Y acá lo verdaderamente incómodo: la pregunta no es si Monteverde y Tepp son los nuevos Kirchner. La pregunta es si Rosario está lista para tolerar un kirchnerismo de autor, artesanal, versión boutique… pero con la misma ambición de eternidad.
Y si la historia enseña algo, es esto: los matrimonios políticos siempre terminan igual, convertidos en mito… y con un electorado que se arrepiente demasiado tarde.
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