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Opinión. Por Mauro Yasprizza.
La difusión de una noticia falsa sobre un hecho de extrema gravedad volvió a exponer uno de los problemas más preocupantes de la comunicación actual: la desesperación por hablar primero, aun cuando no se tenga la menor certeza de lo que se está diciendo.
El episodio generó indignación porque no se trató de una interpretación equivocada ni de un dato menor. Se presentó como una verdad consumada algo que jamás ocurrió. Lo más alarmante fue la seguridad con la que se lanzó la información y la naturalidad con la que se abordó una situación que, de haber sido real, habría tenido consecuencias humanas y sociales enormes.
Las disculpas llegaron después. Como suele suceder en estos tiempos. Primero se dispara, después se pregunta. Primero se genera impacto, después se intenta reparar el daño. Pero la credibilidad no funciona como un interruptor que se apaga y se enciende a conveniencia. Una vez que la mentira circula, el daño ya está hecho.
Lo que más ruido provoca no es solamente la noticia falsa. Es la falta de sensibilidad con la que fue tratada. La ausencia de empatía. La liviandad. Esa peligrosa combinación entre soberbia e improvisación que lleva a algunos a creer que cualquier versión merece convertirse en titular.
La comunicación atraviesa uno de sus momentos más delicados. Nunca hubo tantas herramientas para informar y, paradójicamente, nunca fue tan fácil desinformar. Un teléfono celular, una cuenta en redes sociales y unos cuantos seguidores parecen haber convencido a más de uno de que ejercer el periodismo es tan simple como apretar el botón de publicar.
Sin embargo, la realidad suele ser mucho más cruel que los algoritmos. Porque los clics pasan, las tendencias desaparecen y los videos se olvidan. Lo único que permanece es la credibilidad. Y cuando esa credibilidad se rompe por irresponsabilidad, recuperarla suele ser una tarea casi imposible.
La moraleja es tan vieja como vigente: en comunicación, la velocidad puede dar notoriedad, pero solamente la verdad construye prestigio. Quien elige ser el primero a cualquier precio corre el riesgo de terminar siendo recordado por algo mucho peor: haber sido el menos confiable.

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