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      Jerry Lewis en el Heraldo

      21 de agosto de 2017 | 05:54
      Jerry Lewis en el Heraldo
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      Me gusta ir al cine solo desde los seis años. Es perturbador. No es cómodo leerlo. Hay algo que no está bien en ese chico que fue el que escribe. Pero los recuerdos de esas tardes de sábado en continuado, en las que me dejaban al cuidado del acomodador, llamado también Gerardo, se abren esta noche como un tesoro oculto y poco visitado. La fila en la peatonal San Martín, tantas veces con amigos, y el asiento al lado del ventilador mil veces para mí solo. Ningún partido de fútbol, ni los asaltos con aquellas niñas a las que intentaba demorar en la pista cuando empezaban a sonar los lentos, obraban sobre mi ánimo y sobre el proyecto de hombre que se insinuaba por entonces, como esa risa y esa emoción puerta a puerta, que desde la pantalla del cine Heraldo llegaba a mis sentidos.

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      No tengo a quien preguntarle, si mi insistencia era tan feroz y la economía del hogar tan cronometrada, que disminuir de dos a una la cantidad de entradas a comprar fue la razón de aquella circunstancia extraordinaria. Supongo que algo de eso pudo suceder. Quizás existieron otras razones de adultos. Siestas de madre, el descanso de la guerrera. No lo sé. Pero sí estoy seguro de que existió en mi infancia una alegría curiosa y secreta frente a los días lluviosos. Esos fines de semana en los que nadie me explicaba que estaba “demasiado lindo” para ir al cine.

      La programación era desordenada: caían cansados los estrenos que habían sido exitosos en el Radar o el Palace, y se mezclaban con filmes viejos. Nunca estuve tan concentrado en ningún aspecto de la vida como aquellas tardes. Dibujitos animados, El puente sobre el río Kwai , Chaplin, Pares y Nones,  Pierre Richard y algunas veces, él. A veces en el Heraldo, rellenaban con una vieja película de él. Y entonces la risa era fuerte y clara. Me pasaba a los seis o siete años, y me ocurrió hace un ratito cuando al conocer la noticia sobre su muerte puse el dvd de El Botones: Jerry Lewis hace todo para que ría.

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      Como en aquellas tardes rosarinas, el rey de la comedia te hace feliz por su historia de pibe diferente que termina siendo aceptado, pero también porque se le marca el músculo. Lo ves hacer todo para vos. Soy Jerry Lewis, te hablo, te canto, te pongo caras, me caigo al piso y me levanto, para hacerte reír.

      De tanto crecer, tengo mi propia rutina para despedir artistas. No fue algo buscado, se dio de manera automática. Se murió Lou Reed, y a los dos minutos puse New York, Bowie, y su canción larga del último disco. Todavía no releí a Fontanarrosa. Esta tarde lo busqué al crítico Santiago García, que lo amaba, y leí su nota como quien saluda a un pariente del difunto.  Y sentí la plata justa para el bombón helado apretada al puño de mi mano derecha, el texto ya sin voz del “usted lo mira”, el “por supuesto señora” del otro Gerardo que se me ocurre ahora con acento español. Y la pantalla enorme. Y yo chiquito. Y a veces daban una de Jerry Lewis. Y como escribió Tuñón, la alegría sin una mancha.

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