Por Mauro Yasprizza
Otra vez, como cada 7 de agosto, sindicatos y organizaciones sociales marcharán por “pan, tierra, techo, trabajo y paz”. Lo harán bajo el nombre de San Cayetano, en Rosario, con paso obligatorio por la parroquia del Santo Patrono del pan y del trabajo, como si con eso alcanzara.
La foto será la de siempre: banderas, bombos, dirigentes de saco y militantes de pechera. Pero la escena, aunque repetida, ya no conmueve. Porque la paradoja es brutal: marchan para exigir soluciones a problemas que en gran parte ayudaron a construir.
Sí, los mismos gremios que durante décadas formaron parte de gobiernos populistas que arrasaron con el trabajo formal, hoy se visten de pueblo y se paran del lado de los que sufren. La UTEP, el Movimiento Evita, la Corriente Clasista y Combativa, los recolectores, los camioneros, los marítimos. Todos juntos pidiendo lo que no supieron defender cuando tuvieron poder. Y no lo tuvieron una vez. Lo tuvieron siempre.
Y ahí está también la Iglesia, dando su bendición. Porque la fe, al menos, siempre intenta hacer lo que puede. Aunque muchas veces se queda corta frente a una política que hace años dejó de escuchar. Porque no hay milagro que alcance cuando la casta sindical se enriquece y el pueblo no come.
Mientras los laburantes hacen malabares para llegar a fin de mes, los gremios del transporte siguen manejando millones, con estructuras que apenas se tocan. Y mientras tanto, sus discursos de justicia social suenan vacíos. Son palabras gastadas por el uso y la hipocresía.
El jueves, Rosario verá otra marcha. Y sí, seguro habrá buena intención en muchas de las personas que caminen. Pero también habrá cinismo, del más duro. El que viste de protesta una complicidad de años. El que simula representar al trabajador, pero hace rato dejó de pisar un taller, un puerto o una obra en construcción.
Marchan pidiendo trabajo. Pero nadie les exige una sola autocrítica. Nadie les pregunta cuántos laburos perdieron con su silencio cómplice. O con sus pactos en los despachos. O con su entrega sistemática de derechos.
Por eso, más que paz, pan, techo y trabajo… haría falta verdad. Y algo de memoria. Porque de tanto repetir este ritual, ya no se sabe si es una procesión o un desfile de cinismo.
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