Los dueños del NO: la oposición rosarina que vive incómoda cuando a la ciudad le va bien
Opinión. Por Mauro Yasprizza.
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Por Mauro Yasprizza.
Critican las obras, desprecian las inversiones y protestan hasta cuando baja el delito: en Rosario apareció una oposición especialista en decir “no” a todo
Hay un sector de la política rosarina que parece haber encontrado su único programa de gobierno: oponerse. No importa qué. No importa cómo. No importa si la ciudad mejora o si, después de años de abandono, miedo y decadencia, Rosario empieza lentamente a recuperar algo de orden, movimiento y esperanza. Ellos siempre están ahí. Con el dedo acusador, con el comunicado indignado, con el tuit hecho a las corridas y con la pose permanente del “esto también está mal”.
Son los dueños del NO.
Si baja el delito, desconfían.
Si hay más controles, hablan de persecución.
Si llegan inversiones privadas, gritan privatización.
Si se construye un parque acuático, aparecen los ambientalistas de café con leche que jamás juntaron una bolsa de residuos de la costa.
Si se iluminan plazas, encuentran un problema con el color de la lámpara.
Si Rosario vuelve a aparecer en la agenda nacional por algo positivo, se desesperan.
Y lo más llamativo no es la crítica. La crítica es necesaria. Lo verdaderamente preocupante es la absoluta incapacidad de proponer algo mejor.
Porque detrás del “no” no hay ideas. Hay vacío. Hay slogans. Hay indignación serial. Hay militancia del obstáculo. Una política construida alrededor del freno permanente. Una oposición que parece sentirse más cómoda con la ciudad detonada que con una Rosario que intenta levantarse.
Durante años Rosario fue noticia nacional por los asesinatos, los búnkeres, las balaceras y el narcotráfico. Ahí muchos de estos dirigentes parecían encontrar su zona de confort. Vivían denunciando el caos, caminando estudios de televisión y haciendo de la tragedia una plataforma política. Pero ahora, cuando los indicadores muestran una baja concreta en homicidios y violencia altamente lesiva, cuando las fuerzas federales y provinciales lograron recuperar parte de la calle, cuando el miedo empieza a retroceder, el problema para ellos es otro: ya no tienen relato.
Entonces necesitan inventar uno.
Por eso atacan las obras. Por eso cuestionan cualquier desembarco privado. Por eso convierten cada iniciativa en un escándalo artificial. El parque acuático en la Rambla, por ejemplo, dejó al descubierto algo fascinante: hay sectores políticos que parecen preferir el abandono antes que discutir seriamente cómo desarrollar la ciudad. Todo es “negocio”, todo es “entrega”, todo es “negociado”. Pero jamás aparece una propuesta alternativa concreta, seria y financiable. Nunca.
Rosario pasó décadas expulsando inversiones mientras otras ciudades crecían. Y ahora que lentamente aparecen empresarios dispuestos a poner plata, generar empleo y mover la economía local, salen los custodios del atraso con el manual del espanto abajo del brazo.
Porque en el fondo hay algo que les molesta profundamente: que las cosas funcionen.
Les molesta ver parques llenos.
Les molesta ver recitales masivos.
Les molesta ver turismo.
Les molesta ver movimiento económico.
Les molesta que la gente vuelva a apropiarse de la calle.
Y claro, cuando no hay contenido, aparece el acting. Ahí nacen esos videos sobreactuados, esos posteos dramáticos, esas fake épicas armadas con inteligencia artificial, como si la política pudiera reducirse a un Canva con música triste y frases de revolución universitaria tardía.
Rosario necesita oposición. Claro que sí. Pero una oposición inteligente, moderna y seria. Una que controle, proponga y discuta con altura. No una banda de comentaristas crónicos del fracaso ajeno.
Porque gobernar una ciudad como Rosario no es administrar un centro de estudiantes eterno ni vivir de consignas recicladas. Rosario necesita soluciones reales, gestión, inversiones, planificación y seguridad. Y guste o no guste, hoy parte de eso empezó a aparecer.
Quizás por eso están tan incómodos.
Porque mientras algunos todavía siguen enamorados del “no”, la ciudad —con errores, contradicciones y discusiones pendientes— empezó lentamente a decir algo mucho más importante: basta.

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