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Opinión, por Mauro Yasprizza.
Mientras Rosario intenta recuperar su vínculo con el río, atraer turismo y generar nuevos espacios de recreación, una parte de la política local vuelve a refugiarse en el lugar donde se siente más cómoda: la oposición permanente.
La sesión extraordinaria que buscaba frenar el parque acuático de La Rambla terminó exactamente como muchos imaginaban: sin quórum y sin debate. Sin embargo, lo más interesante no fue el fracaso legislativo. Lo verdaderamente revelador fue la puesta en escena posterior.
Las declaraciones que siguieron dejaron en evidencia una lógica que hace años domina a ciertos sectores de la izquierda progresista rosarina: transformar cualquier proyecto de transformación urbana en una batalla ideológica. No importa si se trata de renovar la costa, construir infraestructura o generar una propuesta turística. La respuesta suele ser la misma: no.
No porque falten recursos. No porque exista una alternativa superadora. No porque haya un proyecto mejor sobre la mesa. Simplemente porque el proyecto lo impulsa otro.
Resulta llamativo escuchar hablar de “privatización” cuando se discute una intervención recreativa en un sector que seguirá siendo público. También llama la atención la insistencia en presentar cada obra como una amenaza ambiental inminente mientras Rosario convive con problemas mucho más urgentes y concretos que rara vez ocupan el centro de sus discursos.
La ciudad necesita discutir seriamente qué hacer con su costa. Pero discutir no significa inmovilizar. Tampoco significa convertir cada iniciativa en una asamblea interminable donde el objetivo final nunca es mejorar el proyecto sino impedir que exista.
Durante años, Rosario vivió de espaldas al río. Hoy, cuando aparecen propuestas para potenciarlo, resurgen los guardianes de una extraña nostalgia urbana que parece encontrar valor únicamente en conservar lo que está quieto.
El argumento de que una obra recreativa reducirá la playa pública merece análisis técnico, estudios y debate. Lo que no merece es convertirse en una verdad revelada repetida sin contrastes ni discusión. Porque cuando los datos se transforman en consignas, la política deja de buscar soluciones y comienza a fabricar relatos.
Existe además una contradicción difícil de ignorar. Los mismos sectores que suelen reclamar más turismo, más actividad económica y más oportunidades para la ciudad son los primeros en levantar barricadas cuando aparece una inversión o una propuesta que modifica el paisaje urbano.
El problema no es el parque acuático.
El problema es que para determinados espacios políticos, el conflicto se ha transformado en un modelo de construcción política. Necesitan un enemigo. Necesitan una amenaza. Necesitan una causa permanente que les permita presentarse como los últimos defensores de una ciudad idealizada que ya no existe.
Rosario necesita controles, transparencia y planificación. Pero también necesita animarse a crecer.
Porque una ciudad que solamente debate cómo conservar lo que tiene termina perdiendo la oportunidad de construir lo que viene.
Y quizás allí radique la verdadera discusión de fondo: entre quienes imaginan una ciudad en movimiento y quienes siguen convencidos de que la mejor política es impedir que algo suceda.

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