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Por Mauro Yasprizza
Denuncias judiciales, alianzas incómodas y contradicciones políticas rodean a Ciudad Futura, una fuerza que prometió cambiar la política rosarina pero hoy acumula cuestionamientos que erosionan su credibilidad de cara al 2027
En la política rosarina, el concepto de “renovación” suele ser una palabra que envejece rápido. Y en el caso de Juan Monteverde y Caren Tepp, ese desgaste parece haberse acelerado más de lo previsto.
Lo que alguna vez se presentó como una alternativa fresca, ajena a las viejas prácticas del poder, hoy transita una zona gris, atravesada por denuncias, silencios y decisiones políticas que chocan de frente con aquel discurso fundacional. La caída de ese relato no es súbita: es progresiva, acumulativa y, sobre todo, incómoda.
En el plano judicial y político, el espacio Ciudad Futura terminó envuelto en cuestionamientos que golpean en el corazón de su identidad. La propia Tepp quedó salpicada por una denuncia vinculada a presuntas irregularidades en el manejo de fondos de campaña, un episodio que provocó un repliegue notorio del espacio y un llamativo silencio público.
Pero ese no es el único frente abierto. En paralelo, crecieron versiones y presentaciones que apuntan a la utilización de recursos provenientes de una ONG vinculada a las inundaciones en Santa Fe para financiar actividades proselitistas, una acusación que, aunque aún en disputa política y mediática, golpea donde más duele: en la ética que el propio espacio supo enarbolar.
A esto se suma una contradicción difícil de disimular: la alianza política con sectores tradicionales del peronismo, entre ellos el senador Armando Traferri, figura históricamente cuestionada en la provincia. El acuerdo, que buscó volumen electoral, terminó generando ruido interno y externo, al punto de ser señalado como una muestra clara de que la “nueva política” no dudó en abrazar a la vieja cuando le resultó conveniente.
La tensión no es solo discursiva. También es territorial. Episodios como la polémica por la usurpación de un tambo en los orígenes del espacio, o las denuncias por presuntas condiciones laborales irregulares en el búnker conocido como Distrito 7, resurgen cada vez que Ciudad Futura intenta pararse en un pedestal moral. No son hechos aislados: son antecedentes que construyen una narrativa.
Y en el plano ideológico, la incomodidad es aún mayor. Las simpatías expresadas por referentes del espacio hacia gobiernos como los de Nicolás Maduro, Evo Morales o Rafael Correa no pasan desapercibidas en un electorado cada vez más escéptico frente a los discursos cerrados. En una Rosario golpeada por la inseguridad, la crisis económica y la desconfianza institucional, esas definiciones pesan.
Monteverde quiso ser el intérprete de una época. Pero hoy parece atrapado en una lógica que criticaba: acuerdos por conveniencia, silencios estratégicos y explicaciones que no llegan. La política, como la gravedad, siempre termina cayendo sobre sus propias contradicciones.
De cara al 2027, cuando Rosario vuelva a elegir intendente, la pregunta no será solo quién propone el mejor futuro. Será, sobre todo, quién puede explicar su pasado sin titubear.
Porque en política, como en la vida, no alcanza con prometer ser distinto.
Hay que demostrarlo.

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