Parar por parar: cuando el conflicto se convierte en una rutina
Opinión. Por Mauro Yasprizza.
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Por Mauro Yasprizza.
Los docentes universitarios de Rosario anunciaron una quinta semana consecutiva de paro. Mientras el salario sigue siendo un problema real, la estrategia gremial parece cada vez más alejada de las aulas y más cerca de una lógica de confrontación permanente.
Cinco semanas de paro. Cinco.
A esta altura, la pregunta ya no es cuánto perdió el salario docente en los últimos años. La pregunta es otra: ¿qué se ganó después de más de un mes sin clases?
La respuesta, al menos por ahora, parece bastante sencilla: poco y nada.
Los docentes universitarios agrupados en COAD decidieron profundizar el plan de lucha y rechazar la última propuesta salarial presentada por el Gobierno nacional. El argumento es conocido. La oferta no alcanza, la pérdida del poder adquisitivo es enorme y la Ley de Financiamiento Universitario sigue sin aplicarse plenamente.
Hasta ahí, difícil discutirlo.
Los salarios universitarios vienen perdiendo terreno desde hace años y nadie puede negar que existe un atraso importante. El problema aparece cuando la única herramienta que algunos dirigentes parecen conocer es el paro eterno.
Porque una cosa es reclamar. Otra muy distinta es transformar el conflicto en un estado permanente.
La propia conducción gremial reconoce que el Gobierno volvió a sentarse a negociar después de meses de silencio. Reconoce también que hubo una oferta concreta sobre la mesa. Sin embargo, cualquier propuesta que no coincida exactamente con sus pretensiones termina automáticamente en la misma bolsa: rechazo, asamblea y otro paro.
La lógica parece sencilla. Si la respuesta es siempre la misma, la negociación deja de ser negociación para convertirse en una ceremonia vacía.
Mientras tanto, los perjudicados siguen siendo los mismos de siempre.
Los estudiantes acumulan semanas sin clases, las materias se atrasan, los calendarios académicos se desordenan y miles de familias observan cómo la universidad pública vuelve a quedar atrapada en una pelea donde los dirigentes gremiales parecen sentirse más cómodos que buscando soluciones concretas.
Resulta llamativo además que muchos de estos sectores hablen permanentemente de defender la universidad pública mientras convierten la normalidad académica en una rareza.
Defender la universidad también debería significar garantizar que funcione.
Porque una universidad cerrada no es una universidad fortalecida.
Nadie discute el derecho a reclamar. Lo que empieza a discutirse es la efectividad de una estrategia que repite exactamente la misma receta una y otra vez esperando resultados diferentes.
El deterioro salarial existe. Es real. Merece respuestas.
Pero cuando la herramienta se vuelve un fin en sí mismo, el conflicto deja de ser una solución y pasa a formar parte del problema.
Y después de cinco semanas de paro, la sensación que queda es justamente esa: que algunos dirigentes parecen más preocupados por sostener la protesta que por encontrar una salida.

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