Rosario y su deporte favorito: discutir cualquier idea antes de dejarla existir
Opinión, por Mauro Yasprizza.
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Opinión, por Mauro Yasprizza.
El proyecto para transformar la Costa Norte volvió a exponer una vieja enfermedad rosarina: el rechazo automático a todo lo que implique cambiar la postal de la ciudad. Entre ambientalistas, agrupaciones políticas y vecinos desconfiados, el parque acuático quedó en el centro de una guerra ideológica donde nadie parece discutir cómo mejorar Rosario, sino quién se queda con la bandera moral de la resistencia.
Rosario tiene una relación extraña con el progreso.
Una mezcla de amor, miedo, nostalgia y sospecha permanente. Acá se discute todo. Absolutamente todo. Y muchas veces no está mal que ocurra. El problema aparece cuando la discusión deja de ser una herramienta democrática y pasa a convertirse en una religión del “no”.
Pasó con Puerto Norte. Pasó con la recuperación de espacios públicos. Pasó con los recitales masivos. Y ahora pasa con el parque acuático proyectado para la Costa Norte.
La Municipalidad presentó un plan integral enorme. Ambicioso. Tal vez imperfecto. Pero enorme. Recuperación de playa pública, demolición de estructuras abandonadas, saneamiento del Conducto Piaggio, vegetación nativa, nuevas bajadas náuticas, infraestructura y una intervención que busca volver a conectar a Rosario con el río que durante décadas miró de costado.
Sin embargo, la palabra “parque acuático” alcanzó para que parte de la discusión explotara.
Y ahí aparecen todos los actores conocidos de esta ciudad: sectores políticos que encuentran en cualquier obra una oportunidad para confrontar, agrupaciones barriales que sienten —muchas veces con razón— que nunca fueron escuchadas, y organizaciones proteccionistas o ambientalistas que automáticamente ven detrás de cualquier movimiento una amenaza privatizadora o un negocio inmobiliario disfrazado de espacio público.
¿Hay motivos para desconfiar? Claro que sí.
Rosario tiene cicatrices suficientes como para entender la resistencia. La ciudad convivió años con concesiones eternas, privatizaciones mal explicadas y sectores costeros que parecían diseñados más para unos pocos que para la mayoría.
El problema es otro: muchas veces la crítica se vuelve tan extrema que termina chocando contra sí misma.
Porque mientras algunos sectores denuncian que el parque acuático “atenta contra el río”, hoy la Costa Norte tiene cemento roto, estructuras abandonadas, conductos contaminando la playa y sectores degradados hace años.
Mientras se cuestiona el impacto ambiental, el Conducto Piaggio sigue descargando sobre el Paraná como si el verdadero problema fuera una pileta y no décadas de abandono estructural.
También hay algo profundamente rosarino en esa resistencia romántica a cualquier intervención moderna.
Como si la ciudad estuviera condenada a quedarse congelada en una foto vieja para conservar cierta pureza moral.
Y ojo: eso no significa que todo proyecto estatal sea automáticamente bueno.
No significa que no haya que controlar licitaciones, exigir transparencia o discutir prioridades.
La pregunta es otra: ¿Rosario puede darse el lujo de rechazar cualquier transformación solamente porque genera ruido político?
Porque detrás de muchas críticas genuinas también aparece la especulación partidaria.
Hay sectores que no quieren el parque porque entienden que, si funciona, se convertirá en un símbolo de gestión. Y en una ciudad donde la política vive en campaña permanente, hasta una sombrilla puede transformarse en una batalla electoral.
Después están los vecinos que temen perder identidad. Y ahí quizás exista la discusión más honesta de todas. Rosario cambió tanto en los últimos años que mucha gente siente que la ciudad ya no le pertenece. Que cada intervención viene acompañada de negocios, marketing urbano y un modelo pensado más para el turista que para el rosarino que viaja colgado en el colectivo.
Ese miedo existe. Y sería irresponsable burlarse de él.
Pero también hay una realidad incómoda: las ciudades que dejan de transformarse empiezan lentamente a pudrirse.
El abandono nunca conserva nada. El abandono solamente deteriora.
Tal vez el gran desafío no sea discutir si Rosario merece o no un parque acuático.
El verdadero desafío sea aprender, de una vez, a debatir sin convertir cada obra en una guerra santa.
Porque cuando una ciudad se acostumbra a destruir cualquier idea antes de verla terminada, termina construyendo solamente una cosa: frustración.
Y Rosario ya tiene demasiadas ruinas emocionales como para seguir fabricando nuevas.

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